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La prematura muerte del libretista Fernando Gaitán conmovió a las gentes de la televisión, a toda la farándula colombiana y especialmente a los del canal RCN productores y comercializadores de sus novelas más exitosas: “Café con aroma de mujer” y la hítica “Yo soy Betty la fea” de la que se hicieron 20 versiones en varios idiomas y la vieron en 180 países, por lo cual fue registrada en The ginness World Récord como la telenovela más vista en el mundo.
Actores, periodistas, directores, entre muchos cercanos a sus realizaciones, expresaron en las públicas condolencias, reconocimientos exaltados a la genialidad del guionista, se dijo que “revolucionó la telenovela mundial”, “que rompió paradigmas del melodrama”, “que sus personajes reflejaban el ser colombiano” y la actriz protagonista lo calificó como “El García Márquez de la televisión”
Que me perdone Dios si es sacrílego mi disentir sobre las elogiosas adulaciones al difunto guionista, pero considero que la virtud de la obra de Fernando Gaitán no está en la literatura sino en su conciencia de la cultura del entretenimiento. Su telenovela insigne recrea, como todas, las peripecias de un cuento de hadas, su “Betty” es análoga al Patito feo de Hans Christian Andersen, transportado a la actualidad frívola y mercantil de una empresa de modas, con personajes arquetípicos de parlamentos banales que hacen de la colombianidad un sainete. Para mí gusto, cuando veía televisión, me sentí representado en obras más osadas como en la versión que hizo Carlos Duplat de la novela del venezolano Miguel Otero Silva: “Cuando quiero llorar no lloro” recordada como “Los Victorinos”, incluso, en “Escalona”, argumento de Daniel Samper Pizano, tan valorativo de la cosmogonía del vallenato que catapultó al protagonista, Carlos Vives, al ícono de nuestra música que es hoy en día.
Admito que hay genios del show business, creativos con el talento justo para moldear el gusto del gran publico y propiciarles identificación en la fatuidad. Bervigracia, como Gaitán con sus novelas, también sabe ser exitoso Dago
García con sus películas y Kike Santander con sus composiciones o Maluma con su Reguetón, aclarando que además del tino comercial en sus propuestas, también cuenta para su éxito la potencia económica y mediática de las empresas que los acogen.
El arte que produce la cultura de mercado no cuestiona al espectador, lo aliena. La anagnórisis de Betty la fea los televidentes la sabían de antemano, porque como personaje-producto es vendible si el consumidor conoce su destino, se sabía que aunque fea al final triunfaría al lado del galán.
Ese arte producto es el que acoge la Economía Naranja. Ciertamente, los éxitos de Fernando Gaitán dieron trabajo a actores, actrices, camarógrafos, luminotécnicos y etcétera del personal que requiera una producción rentable, porque el Canal recibirá en pautas publicitarias hasta cinco veces la inversión.
Entre tanto, el arte indómito, el que no se amaña en lo funcional y lo vendible, el de perenne búsqueda, no le interesa a la economía anaranjada, porque son obras que generan espectadores críticos y no plusvalía.
Acaso los economistas de la cultura de consumo asistirán a las obras de Santiago García en el teatro La Candelaria? Llevarán a sus hijos a gozar el arte titiritero colombiano? Buscarán un disco de Velandia y la Tigra? Entenderán lo ecológico de los cantos de Vaquería?
La historia de la televisión colombiana contiene la sustancia creativa de cada momento, quién sabe si hoy en día los canales privados se atrevan a producir documentales tan pertinentes para la identidad nacional como Yurupari de Gloria Triana, o comedias de costumbrismo crítico como Don Chinche dirigido por Pepe Sánchez, o se vuelvan a adaptar piezas literarias como La casa de las dos palmas y Tiempo de morir. Traigo a cuento solo estás obras de las muchas con la que libretistas, directores y actores colombianos de otros tiempos, en verdad renovaron el género de la telenovela y contribuyeron a construir identidad.
Fernando Gaitán aportó buen humor y ofreció personajes cercanos que alegraron las noches de las familias televidentes, acaso como conjuración de las guerras que sucedían mientras tanto.
Que en paz descanse el libretistas y gracias por la gracia que nos legó.