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Desde que morí perdí la noción del tiempo. Gracias a Dios ese suceso tocó mi puerta, porque ya no soportaba sumar y sumar, días y días, años y años, décadas y décadas, centenos y centenos, esperando el último día, el eterno descanso de un cuerpo que ya no daba más.
Créanme que vivir novecientos sesenta y nueve años no es asunto fácil. No es que haya vivido una larga juventud como para poder contar el cuento con una sonrisa en la boca. No. Viví una larga vejez, que es lo más parecido a una larga agonía.
Todos saben que me llamo Matusalén y que soy el hombre sobre la tierra que más años ha vivido, pero eso no me da la gloria. Por el contrario, me hace el más sufrido de los mortales.
Novecientos sesenta y nueve años pesan mucho en la vida de un hombre. Tuve que cargar con mi cuerpo 353.685 días; levantarme día tras día a trabajar para vivir, porque así lo decidió Dios desde que mi antepasado Adán fue expulsado del paraíso.
Esperaba la noche para dormir como si se tratara de una pequeña muerte que me sacara del hastío de vivir tanto tiempo. Había días en que me sentía desfallecer, sin alientos, sin ganas de levantarme de la cama, con el cuerpo desvencijado, cansado de repetir y repetir en la monotonía de los días la misma historia.
De verdad que haber perdido la noción del tiempo desde que morí es lo mejor que me ha pasado en la muerte. Ya no cuento los días como cuando estaba vivo esperando morirme.
Dicen por ahí que el día que morí empezó el diluvio. La verdad, no sé con precisión en qué momento las aguas lo inundaron todo, porque Dios me liberó del cuerpo que tanto me pesaba antes de ese desastre.
Los teólogos que todo lo descifran aseguran que mi nombre profetizaba la inundación. Traducen Matusalén como aquel cuya muerte traerá un juicio. Dicen que Dios me escogió para vivir hasta que le alcanzara la paciencia, que equivale al período de gracia que le dio a la humanidad para arrepentirse de sus pecados. Según esa teoría, debí morir el día que a Dios se le acabó la paciencia con los hombres y, a renglón seguido, mandó el diluvio.
Recuerdo a mi nieto Noé trabajando arduamente en la construcción del arca para salvar a la humanidad. Debo decir que en mi calidad de patriarca intuía que mi fin estaba cerca y que Dios me privaría de ser testigo de esa catástrofe.
Morirme fue un alivio, y no porque me haya librado de la maldición de las aguas; fue un alivio porque ustedes no se imaginan lo que es vivir novecientos sesenta y nueve años.