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Para indicar la brecha que existe en la percepción con respecto a los diálogos de paz con las Farc, se decía que el proceso iba muy bien en Cuba y muy mal en Colombia. Recientemente, varios relatos indican que las negociaciones están estancadas también en La Habana.
En una crónica sombría, la revista Semana describió el clima tenso que están atravesando las negociaciones. El artículo relata cómo, después de dos años de diálogos, los delegados del Gobierno y de la guerrilla no han logrado construir una compenetración humana, más allá de un respeto formal. En 20 meses sólo compartieron una comida informal en la residencia del embajador de Noruega. Para quienes han estudiado los procesos de paz que se han dado alrededor del mundo, esta no es una noticia tranquilizadora.
De esta falla se dio cuenta también Kofi Annan. Según relata Semana, el pasado febrero les aconsejó a las dos delegaciones compartir más espacios informales. Hasta el momento el consejo de este sabio parece haber caído en saco roto.
La baja intensidad del factor humano no parece ser característica solamente de este proceso de paz. Cuando hace algunos años, también en Cuba, el gobierno de Uribe y el Eln negociaban un cese al fuego bilateral, no era insólito ver a Luis Carlos Restrepo y a la delegación del Eln caminar cada uno por su lado dentro del complejo de El Laguito, sin la capacidad de compartir un paseo, una cerveza o una comida.
Entonces uno se pregunta si estas actitudes de los equipos negociadores relatadas por los medios son, además, metáfora de una predisposición más generalizada que hay entre los colombianos, marcada por la desconfianza, la incapacidad de encontrar al contrario, de reconocer al otro, de respetar su historia o, por los menos, de tolerar su presencia, transformando así a Colombia en una Babel moderna donde murallas erigidas por la historia, las identidades de clase, las ideologías políticas impiden el encuentro, el reconocimiento, la relación.
En 1977, cuando el presidente de Egipto, Sadat, hizo su histórico discurso frente al parlamento israelí, destacó que un proceso de paz no es sólo un proceso entre las partes, sino también un proceso humano. Y después de haber descrito posiciones diferentes frente al proceso dijo:
“Y todavía queda otro muro. Este muro representa una barrera psicológica entre nosotros, una barrera de sospechas, una barrera de rechazo; una barrera de miedo, de decepción, una barrera de alucinaciones, sin ninguna acción, hecho o decisión. Esta barrera [constituye] el 70 por ciento del problema”.
Un proceso de paz es mucho más que un ejercicio académico, donde los problemas son definidos y las soluciones son buscadas. Como decía Sadat, es también un proceso humano. Para que los diálogos sean exitosos en Cuba parece ser urgente adicionarles el factor humano.