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En la frontera entre México y Estados Unidos se está viviendo una grave crisis humanitaria. Provenientes de América Central, miles y miles de menores no acompañados están siendo detenidos por las autoridades de la frontera en Estados Unidos. Esta crisis humanitaria también está mostrando la crisis política que vive este país.
La historia de estos niños no es distinta a la que viven muchos en las periferias de las ciudades colombianas. Son niños que escapan de la violencia de los combos, porque en su niñez ya han sido testigos y víctimas de crueldades. Huyen también de países gobernados por oligarquías que son responsables de la desigualdad social y económica que corta las alas a los sueños y las aspiraciones de estos niños y de sus familias. Buscan seguridad y un futuro mejor.
Las cifras revelan que en 2013 más de 7.000 personas fueron asesinadas en Honduras. Solamente en la ciudad de San Pedro Sula la tasa de homicidios fue de 173 por cada 100.000 habitantes. En El Salvador, la tasa de homicidios es de 41 por cada 100.000 habitantes. En el mismo país, los homicidios entre jóvenes menores de 17 años aumentaron este año 77%. En Guatemala, en 2012, la tasa de homicidios fue de 40 por cada 100.000 habitantes. En comparación, en 2013 la tasa de homicidios en Colombia fue de 30,8 (está entre las 10 más altas en el mundo). Las guerras de hoy son muchas veces guerras urbanas, y es de estas guerras que la gente huye esperando ser reconocidos como refugiados.
Estados Unidos espera que, en los próximos meses, alrededor de 90.000 menores no acompañados crucen la frontera. De acuerdo con las Naciones Unidas, el 60% de estos niños cumple con los requisitos para obtener el estatus de protección internacional que se otorga a los refugiados. Pero estos niños que huyen de la violencia se están encontrando con el cinismo y la falta de empatía de los republicanos y un liderazgo ausente del presidente Obama —cuya administración ha deportado más gente que la administración del presidente Bush—. Estados Unidos los percibe como criminales y no como refugiados.
Y mientras países como Turquía y Líbano han acogido a más de dos millones de refugiados de Siria, un puñado de niños de Centroamérica está poniendo de rodillas a Estados Unidos. Lo que la clase política de este país quiere ver es una deportación inmediata de estos menores, sin un estudio de la situación de cada uno de ellos y sin importarles si al repatriarlos estos menores van a encontrar la muerte.
Hay algo putrefacto en la cultura política de un país cuando sus líderes no ven en unos niños indefensos y amenazados por la violencia y la desigualdad de sus países a seres humanos que buscan un futuro mejor, sino a criminales. Hay algo putrefacto cuando permanecemos indiferentes frente a niños que piden ayuda.
Esto es solamente un ejemplo más de cómo muchas veces hace falta en los líderes de hoy una cultura política y una visión que esté a la altura de los desafíos impuestos por un mundo cada vez más interdependiente, complejo e incierto.