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Guerra a los jóvenes

Aldo Civico
10 de septiembre de 2013 – 06:00 p. m.

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La criminalización de los jóvenes es quizás una de las consecuencias no intencionadas y más preocupantes de las políticas de seguridad, las cuales hacen énfasis en incrementar el pie de fuerza de la Policía en las periferias urbanas.

Hace algunos días recibí un email de Wílmar Andrés Martínez, de 22 años, un líder juvenil del barrio Castilla de Medellín. Vale la pena reflexionar sobre el testimonio de este joven comprometido con su comunidad, en un momento en el cual un pacto entre los Urabeños y la Oficina de Envigado ha disminuido los homicidios entre julio y agosto, y cuando las autoridades locales y nacionales muchas veces hacen énfasis en la militarización de las periferias estigmatizadas de ciudades como Medellín. Aquí les comparto lo que Wílmar me escribió:

“Recuerdo en el 2009 dos toques de queda. Uno impuesto por la criminalidad, donde nos obligaban a estar en las casas después de las 10 p.m., y otro impuesto por la administración, tiempo después, y en el mismo horario. En Castilla y en general en la Noroccidental, este toque generó un movimiento de rechazo a que unos actores u otros limitaran el disfrute del espacio público, de ahí nacieron experiencias artísticas y de movilización como Toke de Salida, Encuentro de Voces, Grafiti de la 5, y muchas más. A todas nos unía el deseo de decirle a la ciudad que los jóvenes no sólo eran delincuentes que planeaban ‘vueltas’ después de las 10 p.m.

Viene a mi memoria que por esa época se hace la construcción de una nueva estación de Policía en Castilla, que trajo consigo una cantidad enorme de policías nuevos, que en términos de muchos jóvenes ‘viven azarados’, porque piensan que todo aquello que tenga gorra, pantalón ancho y piercing es potencialmente peligroso y hay que cuidarse de ellos. Ese fue también el tiempo en donde comenzaron a aparecer fronteras entre barrios, pues para muchos actores (legales e ilegales) los ‘pelaos’ de un lado pueden ser peligrosos en otros.

Cuando hoy la ciudad incrementa el pie de fuerza en todas las comunas, y al mismo tiempo aparecen nuevas historias de más abusos policiales a los jóvenes (que no se denuncian, porque pocos confían en esta institución), se nos dice de manera subliminal que deben proteger a la ciudad de nosotros mismos. Al mismo tiempo, cuando dos hombres son multados por compartir una moto, se nos susurra que no debemos transportarnos juntos, porque posiblemente algo no muy bueno haremos. Y cuando al Concejo de Medellín un joven no puede ingresar de gorra, se nos grita que nuestras vestimentas y estéticas pueden ser un peligro para la seguridad de los políticos.

Una ciudad como Medellín, que debe guardar su esperanza en las próximas generaciones, y especialmente en los jóvenes actuales, no puede darse el lujo de aislar sus sueños e ideas por medio de la estigmatización y criminalización de los mismos. Pues aunque hemos avanzado en potenciar la expresión juvenil, desde otras instituciones del Estado, y desde la sociedad en general debemos romper ese viejo paradigma de que los jóvenes sólo somos el problema”.

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