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A Álvaro Uribe y a sus seguidores, la idea de la paz les produce ansias profundas.
En la medida en que avanzan los diálogos en La Habana (y el optimismo de los colombianos hacia los acuerdos de paz), el expresidente dibuja escenarios apocalípticos espantosos. El presidente Santos, enamorado de las Farc, le va a entregar el país a la guerrilla. Con la firma de los acuerdos, el castro-chavismo se propagará por toda Colombia. No habrá justicia, sólo impunidad. Y así sigue.
La dramaturgia de Uribe tiene sus efectos. Tengo más de un conocido en Antioquia, gente trabajadora y honesta, que está considerando vender sus propiedades y mudarse a Estados Unidos. Viven la paz como una pesadilla, porque incluyeron el escepticismo y la incredulidad en su estilo de vida.
El conflicto, la violencia y el odio se volvieron aspectos tan familiares del panorama social y político del país, que la paz sigue siendo para muchos algo inimaginable. La paz, quiero decir, donde el que fue enemigo se vuelve un prójimo.
No es que Uribe no quiera la paz. La suya es una paz donde el enemigo está derrotado, aniquilado, humillado, extinguido. Es una paz donde no hay espacio para la reconciliación, sino sólo para la rendición. Es una paz donde a la victoria de los unos corresponde a la derrota de los otros.
Pero una política que radica exclusivamente en el odio y el rencor, donde los buenos están todos de un lado y los malos en la otra orilla, no es la política de los fuertes. Mas bien, es la política de los débiles, porque para validar su discurso necesitan del enemigo. Es una política pobre.
Si esta hubiera sido la noción de paz y la práctica política en Irlanda del Norte o Sudáfrica, otro hubiera sido el destino de estos pueblos; un amargo destino.
Aquellos países salieron de sus conflictos porque hubo lideres políticos que entendieron que era necesario transitar de la búsqueda de la victoria de unos pocos a la victoria de todos. Fueron líderes capaces de trascender su propio discurso político a favor de un bien mayor. Fueron líderes y no meros vendedores de un discurso político.
No me estoy refiriendo a gigantes como Mandela o Martin Luther King. Pienso en la dama de hierro, Margaret Thatcher, que dio su aprobación personal a los diálogos clandestinos con el IRA, abriendo así el camino para la paz en Irlanda del Norte. Pienso en el ultraconservador presidente de Sudáfrica, Frederik Willem de Klerk, que junto a Nelson Mandela negoció el fin de la segregación racial en su país.
Al seguir, casi con paranoia, su intento de sabotear el proceso de paz, Uribe en realidad se menosprecia. Porque su endurecimiento obstinado sugiere que para existir políticamente, Uribe necesita de las Farc y de la perpetuación del conflicto.