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Vale la pena reflexionar sobre el reciente y definitivo cese al fuego bilateral entre el Gobierno y las Farc a la luz de los 25 años de la Constitución política de Colombia.
De hecho, este proceso de paz es un paso fundamental para que los derechos establecidos en la Constitución del 91 tengan una posibilidad concreta de convertirse en realidad.
De otra manera, sin dejar las armas, no existen las condiciones necesarias para reconocer de facto que todas las personas nacen libres e iguales ante la ley, y que gozan de los mismos derechos, libertades y oportunidades, “sin ninguna discriminación por razones de sexo, raza, origen nacional o familiar, lengua, religión, opinión política o filosófica”. Es por eso que un acuerdo de paz con las guerrillas puede ser interpretado también como un ejercicio de implementación de la Constitución del 91.
Además del coraje político y de lograr vencer donde otros fracasaron (quizá dejándoles el ego magullado), hay que reconocerle al presidente Santos que con los diálogos de paz está cumpliendo con su mandato constitucional. “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, recita el artículo 22 de la Constitución.
Eso no significa que la crítica y la disidencia no tengan espacio en este momento histórico. Ejercitadas dentro de las reglas del juego democrático, son una expresión de la pluralidad política auspiciada por la Constitución.
Pero me atrevo a sugerir que la crítica y la disidencia tienen que respetar el espíritu de la Constitución y no representar su subversión. Es decidir, la disidencia tiene que fortalecer y profundizar las condiciones para una paz duradera y no puede tener como objetivo y causar como efecto la perpetuación de la guerra. De hecho, también para los opositores de los diálogos de La Habana, la paz es de obligatorio cumplimiento.
Además, la Constitución del 91, reconociendo la pluralidad de identidades culturales y políticas, promueve lo que John Paul Lederach, el experto mundial de transformación de conflictos, ha notoriamente definido como la “imaginación moral”, o sea la capacidad de imaginarse parte de una red de relaciones que incluyen también al enemigo (para unos las Farc, para otros Uribe).
La imaginación moral, como escribe Lederach, también requiere asumir el riesgo “inherente de dar pasos hacia el misterio de lo desconocido, que van más allá del paisaje demasiado conocido de la violencia”.
La promulgación de la Constitución del 91 fue un acto de imaginación y de coraje. Fue un acto que hizo que Colombia diera un gran paso hacia delante, aunque no definitivo ni perfecto. Hoy, al igual que en 1991, la historia la escriben quienes eligen con coraje dar un paso hacia la paz.
Los que siguen en la violencia o con su actuar político, perpetuan la guerra, traicionan el espíritu de la Constitución y terminarán por ser recordados como los que en estos días en el mundo siguen prolongando el terror y la violencia: como a unos fanáticos que tienen la ilusión de poder dar marcha atrás al reloj de la historia.