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La flojera de Santos y Obama

Aldo Civico
07 de mayo de 2013 – 06:00 p. m.

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Hay una creciente frustración por el flojo liderazgo del presidente Santos y por su incapacidad de comunicar con eficacia. Esta misma frustración la sienten hoy los demócratas en los Estados Unidos hacia el presidente Obama.

La esperanza era que en su segundo mandato, Barack Obama iba a torear a los republicanos, pero hoy es percibido como un presidente que está contra la pared, un rehén del Congreso. Su listado de derrotas políticas es largo. Desde el fracaso de la propuesta de ley para el control de armas, hasta la incapacidad de cerrar Guantánamo. Fue penoso ver su debilidad desplegada durante el reciente encuentro con la prensa. “El presidente ya perdió el control de su agenda”, escribió el Washington Post, y la columnista del New York Times Maureen Dowd opina que “el papel del exlíder comunitario y del sedicente unificador es encontrar una manera para que este tonto Congreso haga lo que él quiere que se haga. Eso es liderazgo”. Quizás es por eso que muchos sueñan con ver a Hillary Clinton como presidenta en 2016, porque ella sí sabe cómo torear a los republicanos.

La misma frustración la sienten muchas personas en Colombia hacia el presidente Santos. Lo acusan de ser flojo en su liderazgo a la hora de lograr la implementación de políticas nacionales en las regiones, en garantizar la seguridad de los líderes sindicales y de restitución de tierras, y en hacer pedagogía sobre el proceso de paz. “Puede ser arriesgado firmar un acuerdo de paz con tal debilidad política”, me dijo un funcionario del gobierno de Obama, expresando una opinión personal.

¿Por qué dos presidentes, que han personificado la esperanza de un cambio, resultan ser tan débiles en su liderazgo? Quizás la debilidad (y el problema) está en el deseo de ser percibidos como líderes de una era postideológica, dedicados a resolver problemas como buenos ejecutivos, o como facilitadores que buscan el consenso a través del diálogo.

Pero el pragmatismo es hoy uno de los males de la política. “Concebir el fin de la política democrática en términos de consenso y reconciliación no sólo es conceptualmente equivocado, sino que también está lleno de peligros políticos”, advierte la filósofa Chantal Mouffe, dado que en lugar de una lucha política entre “derecha” e “izquierda” se abre el espacio para un antagonismo fundamentalista entre “justo” y “errado”, que niega el reconocimiento del pluralismo y busca la eliminación del enemigo —este fundamentalismo político, con las emociones intensas que despierta, ha marcado la historia violenta de Colombia, y sigue vigente—.

Recuperar lo político hoy significa valorar la importancia del agonismo político, o sea, de la competición en la esfera pública de las ideas para la realización del bien común. “Deberíamos decir que el papel de la democracia es transformar el antagonismo en agonismo”, escribe Mouffe. Pero esta transformación necesita líderes políticos, y no solamente ejecutivos pragmáticos. Necesita ideas además de soluciones.

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