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GUATEMALA ESTÁ DANDO UNA LECción importante a todo el continente: el futuro de una democracia se erige sobre una justicia implacable en su lucha contra la corrupción y sobre un movimiento cultural ciudadano que promueve la cultura de la legalidad.
La política queda despojada de su esencia y de su misión cuando es disipada por la corrupción, cuando poderes legales e ilegales van de la mano y dan vida a un sistema de corrupción bajo el cual corromper y hacerse corromper se vuelve costumbre.
La corrupción es el cáncer de una democracia, dado que anula el pacto y las normas compartidas sobre las cuales los individuos se reconocen como miembros de una misma comunidad. La corrupción corroe el sentido de pertenencia y disuelve el actuar ético. Fomentada por la cultura del todo vale, la corrupción endémica lleva a la idolatría del interés particular. El bien común se vuelve así una noción molesta y obsoleta.
Frente al vacío de la política, la justicia juega un papel imprescindible, pues puede aplicar al cuerpo moribundo de la democracia cirugías y amputaciones que vuelven a oxigenar el cuerpo social, a reanimar los latidos del corazón ético de una sociedad. Claro, eso requiere el trabajo de funcionarios de justicia capaces, rectos, responsables.
La acción de la justicia ha sido un factor determinante en Guatemala, gracias al magistrado colombiano Iván Velásquez, un excelente profesional, una persona de gran integridad, y con una ética profunda. Como lo ha recordado en su columna María Elvira Bonilla, desde los tiempos de Pablo Escobar, Velásquez ha dedicado su carrera a la lucha contra los vínculos entre mafia y política. Luego de poner bajo la lupa las relaciones entre los paramilitares y los políticos colombianos, Colombia mandó al magistrado a hacer maletas. Hoy Guatemala goza de lo que Colombia despreció.
Aunque es fundamental, la justicia por sí sola no es suficiente. En Italia lo entendieron muy bien los fiscales antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino. Para ellos la lucha contra la mafia no podía estar limitada a un trabajo de represión distante y frío, sino que también debía generar un movimiento cultural y ético. Para ellos, el trabajo de un fiscal debía agitar las conciencias para que la connivencia de la sociedad con la mafia no fuera aceptada como algo ineludible y normal. El trabajo valiente del magistrado Velásquez logró agitar las conciencias de los guatemaltecos.
De hecho, la acción judicial, junto con la protesta ciudadana pacífica contra los corruptos, llevó la semana pasada al presidente de Guatemala a la dimisión y a su detención. El domingo pasado los ciudadanos fueron a votar masivamente y se expresaron a favor de una política sin corruptos. Los guatemaltecos se liberaron del miedo y rompieron las cadenas del silencio.
El ejemplo de Guatemala es importante. Líderes que trabajan con competencia y rigor ético, acompañados de la iniciativa independiente y organizada de los ciudadanos, pueden trasformar realidades. Lo impensable se hace factible.