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La inevitabilidad de la reelección del presidente Santos para el bien del proceso de paz es una tesis que ha circulado bastante, hasta tal punto que un voto contra Santos es percibido como un voto contra la paz.
Esta noción me recuerda la posición que en los años 70 defendía Indro Montanelli, un gran maestro del periodismo italiano. Eran los años de la Guerra Fría y, frente al crecimiento electoral del partido comunista italiano, Montanelli invitaba a “taparse la nariz” y votar por el partido católico de la Democracia Cristiana. Muchos en Colombia me decían lo mismo con respecto a Santos; hay que taparse la nariz y votar por él.
Hace un año, esta inevitabilidad de la reelección de Santos la promovió en Washington el mismo hermano del presidente, Enrique Santos, desde la influyente tribuna del Woodrow Wilson Center, cuando sugirió que no había alguien más comprometido con el proceso que el actual presidente y que era necesario garantizar la continuidad. Además, veía el escepticismo de Germán Vargas Lleras hacia el proceso como una amenaza a la paz.
Está claro, el proceso de paz necesita continuidad. Pero esto no sustenta la necesidad de reelegir a Santos. Las inminentes elecciones presidenciales no tienen por qué ser un referéndum sobre la paz.
De hecho, durante el proceso de paz en Irlanda del Norte hubo un cambio importante de liderazgo en el gobierno de Inglaterra; este hecho no afectó la continuidad en la búsqueda de la paz, la cual se alcanzó en 1998 con los acuerdos del Viernes Santo.
Fue el conservador John Major, sucesor de la dama de hierro, Margaret Thatcher, quien firmó en 1993 los importantes acuerdos de Downing Street, en los que se reconocía el derecho de Irlanda del Norte a la autodeterminación. Major adelantó importantes negociaciones, que tuvieron sus altibajos, y lo hizo a pesar de los ataques terroristas del IRA en Londres.
Pero en 1997 los británicos decidieron cambiar de gobierno y votaron con entusiasmo por Tony Blair, el líder del partido laborista que dio continuidad al proceso de paz y reconoció todos los acuerdos firmados por el gobierno precedente. Tony Blair, quien tiene buenas relaciones con el presidente Santos, apostó por la paz y lideró con éxito el proceso.
Durante su primer mandato, el presidente Santos pocas veces logró entusiasmar y muchas veces desilusionó. La decisión de no acatar la medida cautelar de la CIDH a favor del exalcalde Petro fue la decepción más reciente, aun si era algo previsible. No veo hoy en Colombia entre los candidatos presidenciales un Tony Blair (el Blair de la paz con Irlanda del Norte, no el de la guerra con Irak) y a lo mejor los colombianos reelegirán a Santos, tapándose la nariz.
Pero en la actual coyuntura hay un espacio para que los candidatos presidenciales presenten su visión de país, sus ideas y sus compromisos con el proceso de paz, la salud y la educación, que son prioridades para los colombianos y pilares fundamentales para la construcción de paz. Porque el futuro de Colombia y la urgencia por la paz necesitan más que un líder por el cual haya que taparse la nariz.