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Seguridad y excesos policiales

Aldo Civico
05 de mayo de 2015 – 11:00 p. m.

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SIGO LA CRÓNICA DE LOS DISTURbios en Baltimore, veo los grupos antimotines de la Policía enfrentarse a los manifestantes, y me pregunto si pronto ese será también el destino de las poblaciones que viven en las ciudades colombianas.

Más policía parece ser la única respuesta que los gobernantes articulan cada vez que hay un brote de violencia en ciudades como Cali o Medellín. Al mismo problema, los gobernantes ofrecen la misma solución, una y otra vez.

En su lugar habría que analizar si más policía no incrementaría la inseguridad y la desconfianza que las comunidades tienen hacia el Estado.

Los disturbios en Baltimore son solamente el síntoma de un problema más profundo: las prácticas represivas a las que, de manera rutinaria, son sometidas las comunidades afroamericanas en las áreas urbanas de Estados Unidos. Además, que un asunto racial es también un asunto de clase social.

Stephon es mi estudiante de antropología. Es afroamericano, tiene 21 años y se crió en una de las periferias más violentas de Newark, Nueva Jersey. Hace unos días, Stephon me contaba lo imposible que es reunirse con sus amigos en espacios públicos. Los acosos de la policía son continuos, me decía Stephon. La policía te para en la calle, te requisa, te esposa, te lleva a la estación. Para estas comunidades, la fuerza pública es una fuente primaria de miedo y de inseguridad. Si vives en un área marginal, eres culpable hasta que se demuestre lo contrario.

La represión es intensa, fuerte y excesiva hacia los crímenes menores. Pero hay impunidad frente a los crímenes graves y violentos. Hace diez días, mi amigo Jean-Marc, un artista hiphop conocido como Suicide Ru, fue asesinado en las calles de Newark. La policía se demoró casi 45 minutos en llegar al lugar de los hechos. Muchas veces, Suicide había sido víctima del acoso policial.

Aplicando cero tolerancia hacia los crímenes menores, y manteniendo una actitud laxa frente a los crímenes más graves, el exceso policial se convierte en una causa primaria de inseguridad. Cuando es fuerte con los débiles y débil con los fuertes, la policía es parte del problema y no de la solución.

Los paradigmas de intervención policial tienen que cambiar. Como han demostrado estudios recientes en Estados Unidos, para romper los ciclos de violencia hay que enfocarse en perseguir los crímenes más graves. En otras palabras, se necesitan menos arrestos masivos y más arrestos de calidad.

En Colombia no hacen falta los ejemplos de excesos policiales. El caso del grafitero Diego Felipe Becerra es quizás el más conocido. Pero es suficiente hablar con comunidades en Medellín y Cali para escuchar testimonios aberrantes sobre abusos por parte de la policía.

La responsabilidad no es solamente de la policía. Es también de gobernantes inadecuados y que creen que la fuerza represiva es educativa. Si esta es la cultural policial prevalente en Colombia, las sublevaciones de Baltimore serán una realidad también en las ciudades colombianas.

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