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Entre la serie de hechos desesperanzadores que en estos días afectan a los Estados Unidos (desde la masacre en Orlando hasta las posturas racistas de Donald Trump), la posibilidad real de tener a Hillary Clinton como presidenta es una clara nota de esperanza.
Aprovechando un evento de su campaña, tuve la oportunidad de hablar brevemente con Hillary Clinton unos días antes de las primarias en Nueva Jersey. Hacía tiempo que no la veía. La última vez fue en el séptimo piso del Departamento de Estado. Clinton era secretaria de Estado y yo tuve el honor de acompañar a Juanes durante las negociaciones con Washington para el histórico concierto Paz sin Fronteras en Cuba. En aquella ocasión, Juanes no se limitó a saludarla y a tomarse una foto con ella, sino que aprovechó para buscar explícitamente el apoyo de Clinton para el concierto, y ella se lo dio sin titubear.
Desde aquel día, Clinton vio mucha gente, tuvo encuentros importantes, estrechó muchas manos, visitó decenas de países, así que cuando me acerqué para saludarla, no imaginaba que me iba a reconocer. Me equivoqué. No solamente me reconoció, sino que me preguntó sobre un amigo en común y sobre mi trabajo en resolución de conflictos, agregando: “Necesitamos habilidades como las tuyas en esta época”.
Esta corta conversación fue la confirmación de las cualidades que siempre pude apreciar en ella durante los varios encuentros personales que hemos tenido a lo largo de los años: su agudeza mental y su tenacidad. Clinton es una mujer de coraje que desafía todo estereotipo.
Sobre todo, la experiencia de Hillary Clinton nos recuerda que la política no es meramente el arte de lo posible, sino de volver posible lo imposible. Lo digo porque nos acostumbramos tanto a ella que nos olvidamos de todo lo que esta mujer extraordinaria tuvo que hacer y vivir para que en los Estados Unidos, en el 2016, una mujer sea finalmente la candidata presidencial de un partido mayor; o sea, 240 años después de la Declaración de Independencia.
Y para entender el camino de la vida de Hillary Clinton hay que releer el discurso sobre la necesidad de las mujeres de asumir el poder y la responsabilidad, que ella dio el día de su grado del Wellesley College en 1969. En ese discurso, fuerte y temerario, propio de una época cruzada por los movimientos por los derechos civiles, uno encuentra el verdadero espíritu de la Clinton. “El objetivo de la educación tiene que ser la liberación humana. Una liberación que permita a cada uno de nosotros cumplir con nuestro potencial, con el fin de tener la libertad para crear dentro de nosotros mismos y a nuestro alrededor”, dijo en aquel día de 1969 la futura primera dama, senadora, secretaria de Estado, y ahora candidata presidencial.
Al idealismo de aquellos años, Clinton ha añadido el pragmatismo y el realismo que se requieren para asumir el poder y la responsabilidad. Es la trama entre idealismo y pragmatismo que hace hoy de Hillary Clinton, como lo expresó el presidente Obama hace unos días, la persona más calificada para ser la próxima presidenta de los Estados Unidos.