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El ocaso del álbum

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Mi pasión por la música inició comprando discos. Así es: hace 20 años la música no era gratis. Increíble, ¿cierto?

Más increíble aún es que nos criamos oyendo discos llenos de canciones de un mismo artista.

A la salida de una conferencia, un joven universitario de 25 años se me acerca y con inquietud sincera, sin sarcasmos, me pregunta: “Quisiera saber por qué tengo que comprar música”.

Lo primero que pienso es que soy una especie en vía de extinción. Bastante humana como la nueva. Pero mis hábitos de consumo fueron muy distintos. A mi me formó la música comprando discos. Hoy parecería que es el consumidor quien la forma.

Los discos eran una importante decisión que respaldabas con tu personalidad. Así como uno es lo que come, hace 20 años uno era lo que oía.

Y nosotros oíamos «álbumes». Discos de «larga duración». «Long Plays».

La única forma de acceder a la música para muchos de nosotros era comprándola – aunque existían los cassettes.

20 años después del auge de la industria discográfica con la comercialización del disco compacto y del larga duración, al joven de hoy la música grabada no le cuesta y por lo tanto su valor es proporcional a la gratuidad de la misma. Para nosotros a los 16 años, comprar un disco era un lujo, un capricho, una responsabilidad adolescente, un sacramento, un problema familiar y un gasto innecesario, todo en uno: «los discos no te van a dar de comer, Alejandro”, decía mi mamá cuando entraba a mi cuarto.

Hola, mamá. Te amo 🙂

***

Podías entrar a una tienda de música y encontrar cientos de títulos, pero solo tenías plata para comprar uno; si ahorrabas dos semanas seguidas te comprabas dos, pero pues… daba lo mismo. Igual para ahorrar tenías que dejar de ir una semana a la tienda. La industria nunca pierde. Pero no sabíamos eso.

Y lo que no sabíamos lo sentíamos. Nos acercábamos con timidez a la góndola de los lanzamientos y revisábamos lo que había salido.

Allí estaban los tótems de nuestra juventud, esas 12 o 13 canciones que no sabíamos qué eran, cómo sonaban, pero ya nos habían picado, necesitábamos saber, era un deber; una obligación. Si el disco resultaba malo, no importaba –te darías cuenta 15 años después-. Guilty pleasures, los llamamos. Qué va. Nos habíamos comprado el disco, nos tenía que encantar.

La competencia por nuestro dinero era feroz: en esta esquina, con «delicado sonido de trueno», con el apoyo de VH1 y una que otra radio de rock empujando, te seducía “The Division Bell” de Pink Floyd, con su portada como un jeroglífico y el color azul del cielo, acompasado por teclados de mercurio y la voz plácida de Gilmour vaticinando volar:

Her love rains down on me/ easy as the breeze/ I listen to her breathing/ It sounds like the waves on the sea/ I was dreaming all about her/ Burning with rage and desire/ We were slipping into darkness/ And the earth was on fire/ She could take it back/ She will take it back someday…

En la otra esquina, en la portada de “Far Beyond Driven” de Pantera, una broca oxidada y estática como una radiografía taladraba con violencia una inerte calavera azul, y recordabas con memoria fotográfica el episodio de «Headbanger’s Ball» donde Phil Anselmo te agredía adrede al galope furibundo de Vinnie Paul y el venenoso chillido de Dimebag Darrell Abbott:

“I wonder/ If we’ll smile in our coffins/ while loved ones/ mourn the day/ the absence of our faces/ living, laughing, eyes awake,/ is this too much for them to take/ Too young for one’s conclusion, the lifestyle won/ such values you taught your son/ Look At Me nooooow/ I’m Broken/ Inherit My Life…”

Le dábamos vuelta a la tienda, babeándonos ante la oferta imposible, los afiches, las camisetas oficiales y la ilusión –entonces remota– de asistir a un concierto.

Habíamos tomado una decisión. Y esa decisión nos cambiaba la vida.

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En serio.

Llegabas a la casa a abrir el disco. Lo peor había pasado. No tenías plata y tus papás te iban a regañar porque estabas quebrado.

Y abrías el disco. Lo venerabas. Le rendías pleitesía… lo mirabas… mirabas el stamper… dónde estaba fabricado. Lo ponías con delicadeza sobre el plato y cerrabas la grabadora. Te ponías los audífonos. Te acostabas en la cama. Sacabas el librito. Lo olías. Te leías las letras, los créditos. Te daban las tres de la mañana. Te cogía la tarde para ir al colegio. Te mandaban a detention todo el día y perdías álgebra. Pero tú solo pensabas en volver a la casa, almorzar, echarte en la cama… coger el disquito… y volverlo a oír, ver tus huellas en el libro y preocuparte porque lo estabas ensuciando, porque mancillabas el sagrado rostro de la inmaculada portada.

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Con el tiempo esas huellas y el desgaste hacían del disco un fetiche de la propiedad. De repente, días después, meses después de darle “como a pandereta de evangélica”, de ponerlo a todo volumen y de enloquecer a los viejos, lo habías logrado: la música era tuya. Te sabías la letra, el nombre del productor, el del diseñador de la carátula.

Era tuya. No del artista, sino tuya. Sentías que en realidad habías comprado esas canciones y que por lo tanto te pertenecían. La conexión era económica, tangible y emocional. Defendías esos discos hasta la muerte. Sigues vivo y aún los defiendes como cuando tenías 16.

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Esa conexión económica atada a la restricción en la información, a la ausencia de la internet, a la compra de la revista de música y a lo poco que podías recopilar, leer, ver e investigar sobre el disco, te construía y te guiaba. Del Floyd de Gilmour ibas al Floyd de Waters, de Far Beyond Driven de Pantera llegabas a Black Sabbath. La tiranía de la restricción y de la propiedad nos formó el criterio. Para bien y para mal. Fomentó nuestros gustos, pero también nuestros prejuicios, porque la música definía al personaje.

Todo eso ha terminado. Y está bien. Es el final de una era y el comienzo de otra. Es el ocaso del álbum.

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***

“Quisiera saber por qué tengo que comprar música”.

No sé qué contestarle. La verdad es que no tiene que hacerlo. Tiene la música en sus manos. Nosotros teníamos 20 discos; el tiene 40 millones de canciones en un teléfono celular. Las puede oír… gratis. Puede oírlas completas, puede cambiarlas si quiere. La música no lo define: él define a la música. El define la era. Él decide qué escucha. Como dice Ben Ratliff: “es el oyente de hoy”.

Quizá para él todo tiempo futuro será mejor.

Pero a diferencia de nosotros, criados en la tiranía de la restricción y de la propiedad que forjaron nuestras pasiones, él vive en la tiranía de la selección: inundado de mensajes, poseído por WhatsApp y por Snapchat, navegará entre playlists con aburrimiento –tiene 5.000 millones de ellas de dónde escoger en Spotify y muchas más en Youtube– sin arribar a un buen puerto; se dedicará a oír lo mismo, lo que pone la radio, lo que “está pegado”, lo que dictan las disqueras, pero lo que preocupa es que ahogue el criterio en la tendencia de turno, perdido en el algoritmo, sin darse la oportunidad de aprender a escuchar música, como lo hicimos nosotros, con dificultad y aprecio, sin bucear libre y lindo en las profundidades de un álbum.

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Alejandro Marín es El Último Disc Jockey del día en La X Más Música y escribe en themusicpimp.com y @themusicpimp.

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