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NO SÉ A ESTÁ HORA SI ANGELINO, con su popular songo sorongo, haya podido resolver el contencioso con los camioneros y hacer rabiar a esa masa de opinión pública alineada durante días —con sutil perfidia— para echarla en contra de los que pararon.
Hasta ayer, que tenía acceso a los medios, no hubo una sola nota informativa que hiciera las cuentas que hacen los afectados en caso de aprobarse la libertad de fletes, y que llevaría a los pequeños propietarios de camión a la quiebra. Nada; todos vociferaban contra el paro, contra el bloqueo. Entrevistaban a la abuelita llevando a pie al manojo de nietecitos a la escuela, al exportador de flores, al dueño del gallinero, al policía y, en general, a los afectados por el paro, que fuimos muchos. Pero a los afectados por la libertad de fletes, los pequeños transportadores, los que tienen un par de camiones viejos o una o dos tractomulas, no se les dio ni micrófono ni cámara. Quizás —y no digo entrevistaban, sino indagatoriaban— a uno que otro chofer al lado de su vehículo con el motor en marcha para no oírlo. Dicho en dos palabras, los medios informaron como si todo el país viviera en el barrio El Tintal o como si todos exportáramos pescado. El argumento central del gobierno es fuerte en lo formal, pero faltón en lo real. ¿Algún ciudadano de los que toman Transmilenio cree de verdad que desde el día en que cada camionero cobre por su lado bajarán los precios en las tiendas, o en las grandes superficies, por ejemplo de los computadores o de las gaseosas? La gente de a pie no cree en esa función del mercado, llamada por los economistas la “mano de Dios”. Sabe que los grandes, que son pocos, pueden asociarse para ganar a su gusto. Como los bancos. Pero aceptemos que el espíritu de la decisión, “que nos pone a tono con el mundo civilizado” suprimiendo la tabla de fletes, cumpla esa función. Vale entonces preguntar: ¿Y por qué, con idéntica lógica, no suprimen la sobretasa a los combustibles que los encarece y cuyo dinero se gasta en alimentar consorcios y carruseles de contratación? ¿O por qué no rebajan los peajes que llenan las bolsas de los bancos, empresas multinacionales y contratistas? La libertad de fletes les conviene a los que tienen una flota de camiones manejada por un ejército de choferes asalariados y mal pagados. Esas empresas no protestan y cuando lo hacen, lo hacen civilizadamente: sus contables son recibidos por el ministro y salen dándole golpecitos en el hombro. A ellos les sirve la libre competencia porque tienen costos más bajos: importan tractomulas y repuestos y cuanto gallo necesiten subvencionados como cooperativas de transporte. Y hasta —se dice— algunos también son exportadores de harina en cristal. Pero ante todo, les conviene porque la libertad de tarifas quiebra a los camioneros pequeños, y la carga que cargaban la cargarán en adelante las empresas que tienen recuas de 200 tractomulas. Es la ley de Dios: el grande se come al pequeño.
Tengo confianza, hoy viernes que no ha amanecido, en que Angelino —al que tienen entre ojos porque no vive de avión en avión como Pachito, sino arreglando chicharrones— logre un convenio y evite el infarto que se ha vivido esta semana. Él sabe lo que son los infartos. Y sabe muy bien que la libertad de mercado es la libertad de comerse al pequeño. Una reflexión final: En caso de liquidar la regulación de fletes, ¿cómo serán las carreteras inundadas de tractomulas de 22 ruedas, compitiendo a 120 kilómetros por hora, bajando de la Línea, o de Letras; arremetiendo contra peatones, carros pequeños y otros competidores, para llegar primero y cargar más barato? La competencia es la competencia y los camioneros saldrán en libertad de pasarse por encima de todos los que no sean sus iguales. Saldrán a defenderse con la velocidad, que significa, como lo postula la propaganda de Mercedes-Benz: “ir más rápido que los demás”. Los ganadores serían el general Palomino y sus hombres, que “expedirán más comparendos”, y las ambulancias, que tendrán que cargar más muertos en accidentes viales. Una duda: ¿Qué dirán las compañías de seguros?