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CUANDO ERA NIÑO ME GUSTABA COger ranas para echárselas a mis primas por la nuca. Había muchas en quebradas y charcos.
Yo las guardaba entre los bolsillos hasta que una de mis víctimas se descuidara. Hoy esos batracios verdes y brincones son escasos, muy escasos. No resisten el calor ni en tierra fría. Como tampoco aguantan el calor las que nos enseñaron a llamar nieves perpetuas. Se derriten día a día. Los nevados del Tolima y del Ruiz parecen apenas untados de batido blanco; el de Santa Isabel casi no existe; en las Sierras Nevadas del Cocuy y Santa Marta hay que caminar dos horas más que hace 10 años para encontrar nieve. Así vamos. Mis nietos no conocerán la nieve en el trópico; los osos polares desaparecerán como las ranas, y las playas de La Heroica —para esos días privadas— quedarán ahogadas por el deshielo. Son los efectos del recalentamiento global, tan nombrado desde hace una década. Ahora miles de expertos y un centenar de jefes de Estado vuelven a tratar en Copenhague de suscribir un acuerdo para disminuir las emisiones de gas carbónico (CO2) que no pueden huir al espacio y crean el famoso efecto invernadero. Los países ricos, encabezados por EE.UU. y China, son los campeones en la carrera del calentamiento. El acuerdo será difícil porque ninguno está dispuesto a sacrificar una brizna de su desarrollo en bien de la humanidad.
A la Cumbre de Copenhague irá el presidente Uribe a decir que nuestra cuota de CO2 —unos 60 millones de toneladas— es producida por el cultivo de lo que llama las matas de cocaína y que por tal razón criminalizó el consumo mínimo. La verdad de nuestro aporte al recalentamiento es otra: el arrasamiento de nuestras selvas. En la sola Amazonia se tumbaron en los años 80 más de 15 millones de hectáreas y la gran mayoría de ese descumbre terminó volviéndose haciendas ganaderas. El fariseísmo del Gobierno es asombroso. Según la revista Global Environmental Change, la deforestación en Colombia es responsable de la mitad de nuestras emisiones de CO2. “Se calcula que solamente la deforestación en la parte colombiana de la selva amazónica aporta 13,5 millones de toneladas de este gas invernadero cada año”. El solo estiércol de las vacas bota el 18% del CO2 colombiano. La colonización, que es la forma de ampliar la frontera agrícola para la ganadería, causa, según el IGAC, el 73% de la deforestación y la coca —léase bien— sólo el 2%. En el país hay cerca de 30 millones de vacas que se alimentan en 30 millones de hectáreas, las más fértiles y mejor situadas. Razón por la cual Fedegán pide que sean cuidadas por reinsertados armados y seleccionados por el Gobierno. Es decir, por unas nuevas Convivir. Todo lo anterior sin contar los efectos de la gran minería, la explotación de petróleo y el cultivo de palma africana.
Con el problema que armamos con Venezuela y la caída de la exportación de ganado (168.000 toneladas menos), andan de feria en feria 100.000 reses sin poder venderse. La Federación de Ganaderos, cuyo presidente, José Félix Lafaurie, dijo que “Mancuso es un ganadero como todos, que dio un paso al frente con valor y civismo”, logró que Uribe, que también es ganadero, ordenara incluir en un Documento Conpes el Plan de Alivio a la Deuda Agropecuaria (PADA), que beneficiará con 160.000 millones de pesos a los afligidos ganaderos y que —es presumible— será manejado con las mismas reglas de Agro Ingreso Seguro. La bolita sale por aquí y aparece por allá. En vista de la gravedad de la crisis que significa no poder vender unas 170.000 toneladas de carne, los ganaderos se idearon otro programita, Carne p’a ti, a ver si los colombianos se comen lo que los hermanos venecos dejaron de comprar. Pero la realidad es que nuestro consumo per cápita ha bajado de 23 kilos anuales a 17, y va para abajo, debido simplemente a que la gente no tiene con qué comprar la liga para el arroz y la papa. Total, como un buen tahúr, el presidente Uribe hará en Copenhague el malabar con que acostumbra aquí a falsificar las realidades. El problema es que allá el auditorio no será el mismo.