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Más que visto, he leído los debates a la Alcaldía de Bogotá.
De las fotos fijas publicadas por diarios me queda la imagen de arquitecto recién graduado de Peñalosa —zapatos de gamuza, camisa remangada—; corbata roja y el vestido azul oscuro de Rafael Pardo, que pudieran sugerir el frentenacionalismo que siempre lo ha distinguido; los anteojos rodados de Pacho y el corte de pelo de Clara, al que no me acostumbraré. Pero, aunque esas percepciones marcan puntos, siguen siendo las tesis —formatos de marketing— las que marcan el debate, un debate que se ha vuelto descafeinado y diseñado para esconder más de lo que dejan ver. De entrada, el dato más relevante para entender anticipadamente el rumbo de sus administraciones es pesar el monto de las contribuciones que reciben para financiar sus campañas. Son platas grandes, que de una u otra manera tendrán que pagar. A Peñalosa lo financian los constructores de autopistas, aeropuertos, puertos, edificios. La construcción es el renglón más dinámico y reporta miles de millones de ganancias al reducido círculo de sus asociados. Tienen, pues, razón en montarse en este bus. Peñalosa tiene un programa concreto: cemento, arena y varilla. Para mayor ilustración, mírense las losas del Transmilenio y los adoquines de la Avenida Jiménez y de la calle 85. Su modelo de ciudad es Washington, donde creció. Debe lamentar que en Bogotá no se den los cerezos en flor. A Rafael Pardo, hombre adusto y correcto, lo financia, entre otros, Luis Carlos Sarmiento Angulo, banquero, el Rey Midas. Parte del trabajo que hacemos los colombianos va a parar a manos de la banca, que lo usa para hacer negocios y, en una ciudad en expansión, llegarán, seguramente, a la construcción del Metro. A Pacho lo financia una empresa que negocia con aplicaciones digitales, fundada por él mismo, lo que la hace más sospechosa, y a Clarita, su familia. En general, las grandes empresas juegan en todas las mesas. O sea, compran acciones en todas las campañas. Nunca pierden. A veces apuntan al que más seguridad para sus negocios les da. Según Semana, a Peñalosa le han donado, hasta la semana pasada, unos 900 millones.
Más allá de este secreto del éxito, a mí me preocupan sus actitudes y políticas con respecto a la paz y al, casi seguro, aterrizaje de las guerrillas en la vida civil en el próximo año. Peñalosa ha dejado el tema por fuera de su discurso; sabe que es un asunto puntilloso y que cualquier declaración le haría perder puntos con sus financiadores o con sus simpatizantes. Anda con cuidado, por la orillita, como pisando huevos. Hay que tener en cuenta que Pardo abrió la puerta de la paz con el M-19, pero recordar también que la cerró con los bombardeos a Casa Verde en 1990, cuando fue ministro de Defensa, y que impidió que las guerrillas participaran en la Asamblea Constituyente del 91. Pacho es un clon de Uribe. Simple: guerra sin cuartel. La investigación judicial sobre los vínculos de Pacho Santos con el Bloque Capital de las Auc está en firme. Clara López ha estado siempre del lado de la negociación política del conflicto armado y del cese bilateral del fuego. Tengo la certeza de que pondrá todo su empeño por despejar el campo de aterrizaje en Bogotá para que la guerrilla se convierta en un partido político. Por la misma razón votaré por Aída Abella. Son dos mujeres fieles a sus principios políticos, que pondrán un claro acento social en sus programas.