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Segunda en Cali

Alfredo Molano Bravo
29 de diciembre de 2013 – 12:45 p. m.

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¿Que se hicieron los fieros de Juan Bernardo?

Porque el encierro que se corrió en la segunda de la Feria de Cali no tenía la casta ni la nobleza ni la bravura que suele tener el hierro. Toros sueltos, de recorrido corto, sin vida. Pensaban, espiaban y se venían abajo. Daban tiempo al torero para decir que ahí estaban y luego parecían entrar en una somnolencia enigmática. No era cobardía exactamente; era peor: abulia. Y la ilusión de siempre: ¿si no se malogra contra el burladero un jabonero sucio que salió alegre, buscando pelea, Fandiño se habría llevado dos orejas y rabo? Porque si no hubo toros, hubo toreros. Toreros de aguante, de voluntad, de estilo. Fandiño fue, para mi gusto, quien más lució sus virtudes con su primer toro, que habría toreado como su segundo turno si no se rompe el cacho por cepa el lamentado jabonero. Desde el paseíllo, se vio a Fandiño que venía a mostrar qué traía. Después de saludar y desearse suerte, el vasco dio un paso adelante, no para entrar a la arena sino para comérsela. La plaza de Cañavelarejo –llena de luz– tenía un poco más de tres cuartos de entrada. El primero de Ferrera, Colorines, 488 kilos, salió como sin saber qué hacer y así se quedó. El torero trató de transmitirle las ganas que llevaba en la chaquetilla con una media, una chicuelina, una revolera. Ni con las banderillas que puso, adornándose, alegres, y dándole ventaja al toro, pudo sacarlo de su apatía, que con la muleta se volvió calamocheo, explicable también por la pérdida de una mano.

Bolívar llega a su tierra a torear, y torea. A su primero, Coronel –526 kilos– lo recibió con dos cambiadas de rodillas que puso a su plaza en sitio. Una media, tres chicuelinas y los tendidos tocaron el cielo. Bolívar es no sólo un torero hecho, sino compuesto. No desafina. Lo hace con soltura, estirándose y al hilo de cacho. Pero se descompone si las cosas no le salen, como le sucede con la espada.

Cuando salió Profesor –512 kilos–, un jabonero sucio con ojos de bebeco, alegre, buscando pelea, la plaza saltó y aplaudió: por fin un toro hecho y derecho. Buscaba, miraba fiero; lo llamaron de un burladero, dio con sus 512 kilos de frente contra las tablas y adiós ilusión. Cambio inmediato por Sevillano, de 482 kilos, que Fandiño recibió con verónicas suaves, pausadas, limpias. Pica aplaudida. Al centro, toreo por chicuelinas, rematadas, inmóvil, por tafalleras. Parado, inmóvil también el toro, el torero lo invita a repetir por el rojo y por el amarillo con un pasito adelante que Sevillano acepta. Brinda al público, mira la montera de reojo. Cita al centro de largo y con un par de cambiados por detrás, anuncia lo que había venido a hacer: derechazos suaves, dulces, sin enmienda, lentos, lentos, lentos. Remata con el pecho. Repite, no atropella, invita, se da al ritmo del toro. Música. Nueva serie. Molinete para cambiar de mano. Cita de frente y saca al toro por donde entra, hace tres naturales apretados y remata su faena con un insolente pase de pecho. Fulminante con la espada, corta una oreja.

El segundo de Ferrera le salió peor que el primero. Sólo recuerdo un paso de vencedores en banderillas, un insólito juego con el capote para llamar al toro antes de ir del sol a la sombra y, levantando los pies hasta la encornadura, clavar martillando.

En su segundo, Bolívar dio todo lo que tiene –que es mucho– y pese al mansurrón que le tocó en la suerte, hizo una faena fina, elegante, pausada, total. No le quedó nada por hacer y todo lo hizo a ley. Una oreja. En el último de Fandiño hubo petición de oreja, pero el vasco todo lo había dado en su primero. El público salió de la plaza cargando a hombros la apatía que acusaron los toros de Juan Bernardo.

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