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Amaneció radiante el día, ni una nube en el cielo.
Salí temprano, previendo los trancones que hay en la vía de La Calera a Bogotá, para llegar al Puente Aéreo con tiempo para tomar el vuelo a Manizales. En Los Patios, es decir, a siete kilómetros de la ciudad, comenzaba el trancón. Paso entre paso, mirando la placa del carro de adelante, respirando sus gases y con el peligro de atropellar un ciclista, me acordé de la fecha de vencimiento del seguro obligatorio, una fecha que siempre se olvida. No lo encontré en la guantera. Tampoco la tarjeta de propiedad del carro. Me orillé y revisé con la vehemencia con que la Policía busca un alijo de coca en cada uno de los rincones del carro. Nada. Negativo. Pérdida total.
Es un misterio por qué en los días de Navidad, Año Nuevo y anexos se suele cerrar la puerta de la casa dejando las llaves adentro, perder la tarjeta de propiedad del carro o, más frecuentemente, ser atacado por un dolor de muela a las 11 de la noche. En esos días los cerrajeros, los policías de tránsito y los dentistas hacen su agosto. De todas formas no había nada que hacer y continué mi camino rezándole a San Cristóbal, patrón de los conductores, que no me topara con las autoridades competentes pidiendo su Navidad. Llegué acezando al aeropuerto: alcancé el vuelo. Eran las 8:30 a. m. Sentado estaba con el cinturón abrochado y pensando lo que iba a decir en el Consejo de Manizales para defender las corridas de toros contra una antitaurina. El Ruiz tosía y la ceniza impedía que en La Nubia se pudiera aterrizar. Haciendo de tripas corazón, me conformé y casi agradecido opté por dedicar la mañana a resolver el asunto “pérdida de los papeles”.
En la estación de Policía de la calle 40 ya no reciben denuncios de esa clase; ahora la institución Dios y Patria tiene una página web muy elegante donde se puede hacer la diligencia. Eran ya las 11:30 a.m. Averigüé dónde y cómo se piden duplicados de los documentos perdidos. El SOAT no tiene problema: quien lo expide da la copia. La tarjeta de propiedad, en cambio, es otra cosa. Se expide en el SIM. Traduzco: Servicio Integrado de Movilidad. Un consorcio que administra todo lo relacionado con el ramo: licencias de conducción, placas, rutas, impuestos, comparendos. Hay varios puntos de atención. Escogí al azar cualquiera. Llegué a la puerta del establecimiento a la 1 p.m. Cola para entrar a una especie de jaula de vidrio vigilada por un guardia armado que, como la mayoría, es déspota y agresivo. Cola para informarse dónde y cómo se hace para hacer una cosa u otra. 20 minutos para ser recibido por una señorita pálida, inquieta, a la que le tasan el tiempo con cada ciudadano que, digamos, oye. Pide la cédula sin mirar. La empleada pregunta, el ciudadano responde. Ella vuelve a la carga: necesita estos siete papeles para solicitar el duplicado. Comienza el viacrucis. Son las 2:30 p.m. Lo primero, pagar comparendos. Sólo tenía una foto-multa tomada en La Dorada, donde —lo supe después— se termina la autopista donde se autoriza una velocidad de hasta 120 km/hora y comienza una antigua carretera departamental. Dizque hay una señal de velocidad máxima 30 km/hora prácticamente escondida y que se ha convertido en una fuente de ingresos millonaria para la alcaldía municipal: diez comparendos diarios a 380.000 pesos alcanzan para sostener unos diez empleados más, cada uno con 20 votos familiares. Una gran estrategia porque la velocidad es una norma definida por las administraciones locales.
Para pagar las multas hay que ir a un SIM especial, situado en el terminal de transportes, módulo amarillo: nueva cola al final de la cual otra empleada de ocho horas advierte automáticamente: no se reciben tarjetas de crédito, pago en efectivo. Son las 4 p.m. Regreso a mi SIM: nueva cola para obtener un papel cortado a mano por la empleada con un jeroglífico: las letras pueden ser pes o cues o ges, y los números, cualesquiera. Solicito información verbal: Sí, señor, ¿no lee? Su turno es el P 6785. Busco la pantalla: hay muchos números y muchas letras, ninguna P, aunque muchos guarismos de cuatro cifras. Me siento. No llevo nada para leer; como cosa rara no hay una de esas televisoras sin audio pero con imagen. A las 5 p.m. aparece la P y el número 6750, es decir, a esa hora estoy a 35 números. Espero hasta las 6 p.m.: en la pantalla apareció el 6756. No había caso. No me atenderían a mí ni a los 30 ciudadanos que esperábamos entregar papeles.
Al día siguiente llegué a las 7 a.m. para alcanzar a recibir mi turno cuando abrieran las puertas y los ciudadanos nos mandamos por los corredores a galope y a los empujones para recibir la ficha. Nueva cola. Me tocó el número P5894. No me explico de dónde salen, quién los define, qué lógica matemática usan. Bobadas académicas. Más importante ganarse un asiento en un sitio donde se pudiera ver los números en la pantalla. Ahí estuve a las 9 a.m. Había olvidado el libro, a navegar al garete en la máquina del pensamiento. A las 11:30 me acordé que yo tenía 71 años y se lo hice conocer la empleada pálida. Me dijo, ya lo llamo. Efectivo, el ya duró dos horas. La nueva empleada, igual a las demás: bien peinada, uniformada y mal pagada, me pidió los papeles. Se hizo entre los dos un silencio largo, una fila de puntos suspensivos interminable. De golpe me miró, sonrió de lado y me dijo: falta el pago de los impuestos de rodamiento. ¿Dónde se pagan? Pregunté suplicante. En la Tesorería Distrital, me respondió indulgente. Le descubrí un brillo femenino encantador en los ojos, que todavía agradezco.
La tal Tesorería queda en el edificio administrativo de la calle 26, donde se permitió que el viento y el óxido destruyeran un monumento llamado El Ala donado a la ciudad por allá en los años 70 por un célebre escultor venezolano de apellido Soto. La oficina de impuestos queda en un gran salón que me recordó, no sé por qué, el primer piso del antiguo Palacio de Justicia que se tomó el M-19 hace 30 años. No sé por qué, porque en ese operativo no participó Petro, quien todavía era alcalde de Bogotá cuando me dieron el turno para cumplir mi deber ciudadano de contribuir a pagar la nómina electoral. La suerte estaba de nuevo en contra mía. A las dos de la tarde, los empleados celebraban con sus críos la Navidad anticipada y cerraron con llave sus escritorios para regresar a las 4:30 p.m. con su par de copas de vino Sansón rondándoles en la cabeza. La cola había aumentado, en la pantalla los números no se movían, ni se modificaban, ni se entendían porque se trataba de pantallas destartaladas. Hay 70 módulos donde debería haber otros tantos empleados. Ese día despachaba sólo la décima parte. Hacia las seis, siendo el último ciudadano en pagar impuestos, la impresora botó la orden de pago, que traté de pagar antes de que los bancos cerraran sus puertas. Por fin pude hacer una diligencia completa.
Al día siguiente volví a las ocho de la mañana a mi SIM, orgulloso de tener todos los papeles en regla. Obtuve el numerito, logré llegar a la ventanilla de la niña del brillo en los ojos y no estaba ella. Había un empleado con un corte de pelo muy especial, engominado y rígido hacia todos los lados. Le entregué orgulloso los papeles. Los examinó uno a uno, me tiró un: “Conforme, reclame su tarjeta en cinco días hábiles”. Tenía definido viajar a ver los toros en la feria de Cali por tierra y presentar al policía que me parara el artículo que ahora escribo.