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El estilo y la realidad en los debates

Álvaro Camacho Guizado
11 de septiembre de 2009 – 08:20 p. m.

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EL RECIENTE DEBATE ENTRE EL EX presidente César Gaviria y el ministro Diego Palacio ilustra un estilo que, si bien tiene muchos antecedentes en la política colombiana, se ha generalizado durante los años de mandato del presidente Uribe.

Me refiero a que ante cualquier crítica se responde tratando de desacreditar al adversario utilizando un argumento que, a falta de otro calificativo, definiría como perverso.

Cuando Gaviria criticó la situación actual del sistema de salud, el Ministro le respondió diciendo, palabra más palabra menos, que el ex presidente carecía de autoridad para referirse a ese problema porque no había hecho públicos los casetes que comprometían al candidato Samper con la financiación del cartel de Cali en la campaña electoral de 1994.

Ya antes el Ministro del Interior había tratado de acallar alguna crítica de Gaviria con el argumento de que se había aliado con el cartel de Cali en la lucha contra el de Medellín, y que había tolerado que Pablo Escobar decidiera sobre las características de su cárcel. O sea que Gaviria cometió un pecado peor que el de Samper, pues no sólo ocultó las ejecutorias de los de Cali, sino que se alió con ellos, así fuera para liquidar un mal mayor.

Es un tipo de argumentación que traducido al lenguaje ordinario equivale a decir que si yo soy medio bandido, usted, mi crítico, lo fue más, de modo que no tiene derecho a referirse a una situación actual, aunque ésta nada tenga que ver con el pasado que se invoca.

El punto de la controversia queda, así, perdido en medio de las diatribas y reminiscencias de viejos pecados. Mientras tanto, los ministros siguen haciendo de las suyas con las ofertas a las yidis, con el otorgamiento de notarías y la práctica sistemática de torcerle el cuello a la Constitución.

Éstas no son prácticas sanas ni democráticas. Así Gaviria tenga la intención de desacreditar al Gobierno en función de un resultado electoral, no resulta propio de la sindéresis esperada de los gobernantes que se defiendan de esa manera: si son tan buenos, no necesitan recurrir a argumentos propios de rábulas.

Ni tampoco se debe esperar esa nefasta práctica de los ex gobernantes: el ex presidente Pastrana interviene en el debate para ensuciar la campaña de Rafael Pardo, su ex amigote durante la campaña de 1998 y, de paso, recordarnos que ha sido el gobernante más probo, eficiente, estudioso y sabio de los últimos tiempos: un directo heredero de su padre. Pardo se ve obligado a tacharlo de mentiroso.

Ésa es una consecuencia directa del estilo denominado “espejo retrovisor”: todo se reduce a proclamar que quien critica alguna gestión del presente es un enemigo portador de un pasado pecaminoso. Y que quien está a la cabeza del Estado de Opinión, y por estarlo, es infalible. Puede que el Estado de Opinión genere algunas adhesiones a un gobernante que maneja como un prestidigitador a la opinión pública y a unos ministros manipuladores, pero con esos procedimientos no contribuyen a una educación y una práctica democráticas. Cuando más, serán hábiles politiqueros, pero qué lejos están de ser estadistas que merecen el respeto de una opinión pública medianamente ilustrada

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