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LOS RASGOS DE PERSONALIDAD DE Uribe, y los adjudicados a su mandato, han sido descritos con varias categorías propias del lenguaje sociológico.
Así, apoyados en Max Weber, algunos analistas aduladores califican a Uribe de líder carismático, es decir, poseedor de fuerzas sobrenaturales, o como un enviado de algún dios. Cuando se le oye hablar de temas morales (aplazar el gustico, sacarse las manos de los bolsillos) y sus apelaciones al Dios de la patria, uno sí está tentado a creer que él es enviado de alguna deidad.
Quienes más exaltan esos rasgos han llegado a referirse a la “inteligencia superior” del primer mandatario, sin molestarse en explicar que al hablar de algo superior, tienen que hacer referencia a otros, a unos inferiores. Es decir, ¿Uribe es más inteligente que quién, o quiénes? ¿Es más inteligente que el resto de los colombianos?
Otros, un poco menos entusiastas y alzafuelles, le adjudican al Presidente el calificativo de caudillo, es decir, el líder de masas que con su acción y su verbo luminoso y vibrante ejerce una capacidad superior de dirigir a sus asociados. Si se sigue esta caracterización inmediatamente se recuerda a Jorge Eliécer Gaitán, o a Luis Carlos Galán, entre los dirigentes colombianos. Y eso que es preferible no mencionar a otros caudillos históricos de ingratísima recordación.
Pero algunos menos entusiastas y obnubilados con los rasgos extraordinarios del Presidente se dan cuenta de que simplemente se trata de un hombre sin duda muy inteligente y experto, pero que no ha podido desprenderse de ciertas fijaciones que le hacen olvidar algunos de los deberes de un gobernante democrático.
En una sociedad más o menos moderna, pero apresada por abismales desigualdades en la distribución del ingreso, la riqueza y las oportunidades, en la que los privilegios vienen dados no por los méritos personales, sino por la capacidad de intrigar y apropiarse, por medios con frecuencia ilícitos, de los recursos que la sociedad provee, se esperaría que el gran gobernante utilizara sus superiores virtudes para transformar esas condiciones aberrantes y procurara la felicidad de sus subordinados. Y no que estimulara y prohijara una mayor concentración de esos recursos y riquezas. Que buscara un clima de paz y concordia, y no que sistemáticamente apelara a un discurso belicoso e intransigente en el que la victoria y la derrota del enemigo ocupan los lugares dominantes. Eso no es propio de un líder carismático, así mezcle esa retórica con las apelaciones a lo religioso.
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Leo el jueves en una columna de El Espectador que se afirma que en la toma del Palacio de Justicia el M-19 obedecía órdenes de Pablo Escobar. Parece mentira que aún se insista en esta versión no comprobada, cuando hay tantos investigadores que han mostrado que esa relación no existió y que la acción del M-19 respondió simplemente a una decisión estúpida y criminal de unos megalómanos que actuaron bajo la convicción de que podrían arrodillar al presidente Betancur. ¿Por qué, en cambio de seguir con esa obsesión, no esperar a que la comisión de la verdad dé algunas luces sobre el asunto? No se le hace un gran favor a la justicia con ese tipo de infundios. Al contrario, esa afirmación sólo muestra una obsesión ideológica.