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El vice y las armas

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EN BUENA HORA EL VICEPRESIDENte Santos ha propuesto el desarme de los civiles. Sustenta su propuesta con el argumento de que un alto porcentaje de los homicidios responden a actitudes de intolerancia, y que esta criminalidad se ve estimulada por la proliferación de armas en manos privadas. Por fin hay alguien sensato en el Alto Gobierno.

Aunque las amenazas más serias al derecho a la vida provienen de grupos violentos e ilegales, cuya presencia en las ciudades aparentemente se está acrecentando, también es cierto que frente a esta violencia organizada los homicidios suscitados por una violencia desorganizada e individualizada dan cuenta de una alta proporción de muertes.

Se arguye que el porte de armas es un derecho, que el control es casi imposible, y que si se prohibiera, los buenos ciudadanos quedarían en manos de los malos. Hay que responder que, en primer lugar, el porte no es un derecho: para que un ciudadano ande armado debe obtener una licencia emitida por el Estado; que, en segundo lugar, el control sí se puede realizar si hay la voluntad decidida de parte de las autoridades: así sea difícil, con el tiempo y constancia se puede llegar a un punto en el que las armas sean deslegitimadas y quienes las portes se conviertan en sospechosos de ser malos; en tercer lugar, un  ciudadano bueno no tiene por qué andar armado, si es que cuenta con la confianza de que la autoridad lo protege de los malos. Se podría sustentar que, además, un  ciudadano bueno no sabe usar armas, y que si se enfrenta con un malo, lo  más probable es que éste lo despoje del arma, en cuyo caso el bueno se convertirá en víctima, o al menos en subsidiador del malo al proveerlo con un arma.

El porte de armas contribuye también a apuntalar la desigualdad entre los ciudadanos: ya no se trata solamente de la distinción entre buenos y malos, sino entre débiles y poderosos. En efecto, quien porta un arma porta una capacidad de eliminar a quien va desarmado, o al menos de obligarlo a obedecer ante la amenaza de muerte.

El arma además es un fetiche de poder. Uno le podría preguntar a quien defiende el armamentismo privado si se sentiría tranquilo tomándose unos tragos con alguien que lleva un revólver en el bolsillo. ¿Se podría adivinar en qué momento se le salta la piedra y empieza a reivindicar su machismo echando bala? Ese defensor de las armas deberá reconocer que hoy día en el país el porte de armas es uno de los principales enemigos de la democracia y las libertades ciudadanas. Así de sencillo.

El porte de armas tiende no sólo a privatizar la seguridad, sino a generalizar la inseguridad colectiva y a banalizar el respeto por la vida. En este sentido no tienen razón los militares que arguyen que el control de armas debe estar en sus manos y los ciudadanos deben armarse y contribuir así a la seguridad general. Uno puede sustentar en cambio que el control eventualmente debe estar en manos de la Policía, y que ésta debe contribuir al desarme, así el negocio oficial de la producción de armas no genere las ganancias que hoy produce. Más aún, la industria militar debería concentrarse en la producción de armas de uso privativo de los militares. Sería bueno que los candidatos presidenciales se expresaran sobre el asunto de manera inequívoca. Así sabríamos al menos por quiénes no votar.

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