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DISFRUTAR DE UNAS VACACIONES, Y en particular si es posible salir del país, depara muchos placeres y suscita ciertas nostalgias. Por ejemplo, se conocen nuevos lugares y se hace posible comparar con el terruño propio.
Desplazarse, por ejemplo, en una ciudad bien arborizada, cuyas calles no tienen huecos, ni hay basura desparramada en los andenes (y hay andenes), donde el transporte público es prestado por vehículos idóneos y limpios, y los buses sólo paran en los paraderos, produce placer. Pero se echa de menos que no hay motos que atropellan a los peatones, que los carros no pitan en todos los semáforos, que no hay ventas de fritanga en las esquinas, que no se ofrecen llamadas por celular, que no se exhiben libros ni películas piratas, que no hay basuqueros acosadores, que no existen los buses ni los taxis piratas. Todo esto hace ambiguo el salir a otra ciudad, y produce cierta nostalgia.
Hay, sin embargo, algo que uno echa de menos: ni en los periódicos, ni en la televisión ni en las calles se habla de Uribe. Suponer que Uribe no existe, que no hay clientelismo ni corrupción, que el Ministro de Defensa no está en la pantalla anunciando triunfos militares y recompensas, ni el de Transporte prometiendo pavimentar una carretera, ni el de Agricultura fungiendo de estadista, ni el del Interior muñequeando marrullas para lograr la reelección del mesías, ni el de Protección Social comprando votos, ni el director de Invías tomando del pelo al Procurador y burlándose de la justicia, con el apoyo de sus jefes, ni unas guerrillas lanzando cilindros de gas llenos de metralla a poblaciones inermes es bien extraño, y ciertamente uno echa de menos esas y otras cotidianidades criollas.
El problema es que al regresar se le atraviesan a uno malos pensamientos: por ejemplo, se pone uno a pensar para qué le puede servir al país que Uribe sea condecorado por Bush, al lado de Blair y Howard, de quienes se ha dicho que tienen vocación de alfombras. Y para qué servirá condecorar a su vez al secretario de Defensa de Estados Unidos. Y piensa uno si no ha sido suficiente para sus apetitos que el ministro del Interior haya sido una especie de presidente durante tres días.
Pero lo peor es que uno se imagine que si Uribe por fin dice que no quiere la reelección, las alternativas pueden ser el Ministro de Defensa, quien sueña que desde el nuevo cargo será más fácil traicionar a quien se le ponga por delante y defenestrar a su primo hermano y rival; o al de Agricultura, quien parece que ya se ve a sí mismo en el solio presidencial, desde donde podrá crear la nueva república de Carimagua; o el ex ministro Holguín, quien desde ya debe soñar con una buena siesta en Palacio, o el ex senador Vargas Lleras, quien lucirá orgulloso su uniforme de oficial de la reserva; o la embajadora Sanín, con su sonrisa eterna de falsedad diplomática. O a lo mejor puede ser que Moreno de Caro se convierta en un candidato viable, dada su experiencia internacional, o que un asesor presidencial considere que merece el puesto ya que se define como un intelectual que jamás tergiversa a los opositores.
Claro que pasan los días luego del regreso y las cosas vuelven a su lugar, la mente se recupera y la realidad y la rutina se hacen evidentes. Vuelve uno a los huecos, las ventas de minutos de celular, los buses piratas, las motos atropelladoras, las fritangas esquineras. En estas condiciones, uno llega a pensar que ante esta perspectiva, puede ser, sólo puede ser, que en algún momento de realismo uno llegue a pensar que Uribe es el mal menor. Al menos ya se le conoce. Entonces no hay más remedio que esperar a que termine este año y de nuevo pueda tomarse unas vacaciones.