2018

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Año 2000. Colombia abandonaba las estructuras sólidas y la cultura predecible del siglo XX para adentrarse en el siglo de la incertidumbre, sumida en la crisis económica más grande de su historia y en la crisis de seguridad más grave en 50 años.

La sociedad se sentía profundamente enferma. Solo dos años después la atribulación del cambio de siglo cedió, cuando apareció una medicina contra la ansiedad: la certidumbre de un diagnóstico de la enfermedad —las Farc— y el alivio de los primeros efectos del remedio —el Plan Colombia agrandado políticamente como Seguridad Democrática— acompañado del despegue del boom económico de las materias primas. La medicina de regresar a la estructura mental predecible del siglo XX —la certidumbre de que combatir el mal del comunismo violento traería de vuelta tranquilidad, prosperidad y dignidad— tuvo efectos inmediatos.

Así como la crisis financiera de 2008 terminó de romper las estructuras y las instituciones del siglo pasado en el mundo desarrollado —acelerando el relativismo en que las cosas en las sociedades pasaron de ser sólidas a líquidas, el hielo duro a quebradizo, como sostenía la tesis de la modernidad líquida de Zygmunt Bauman— la división frente al proceso de paz con las Farc y el choque petrolero derrumbaron las certidumbres del Ancien Régime uribista y evidenciaron la inseguridad sobre el futuro que llevaron al mundo al triunfo del populismo de derecha con Trump, el brexit y el No al plebiscito.

Año 2018. La oposición conservadora al gobierno Santos trató de repetir la estrategia de 2002. Dividir la sociedad entre el pueblo puro que dice encarnar, y la “élite corrupta” que “entregó el país a las Farc”, ya no en el Caguán, sino en La Habana, la fórmula populista clásica. Y reeditar la crisis económica de cambio de siglo con lemas como “país quebrado”, “Gobierno derrochón” y “mermelada”. Pero la fórmula no funcionó bien, porque las Farc habían entregado las armas y Colombia crecía económicamente por encima del promedio latinoamericano. La estrategia improvisada que ganó esta vez fue un nuevo recurso, “antipopulista” esta vez: la amenaza Petro.

La fórmula tampoco funcionó desde el gobierno. Porque ya no hay cómo regresar a la previsibilidad del siglo XX, y el presidente Duque no es populista. No es posible gobernar rescatando al país de las Farc porque nunca se les entregó. Como sembraron la histeria colectiva del “castrochavismo”, cosecharon catastrofismo. Y el proceso de paz cambió la estructura sociopolítica dominante del siglo XX —el anticomunismo—, terminando el monopolio de la centroderecha, pero las viejas estructuras del sistema político no han muerto, y las nuevas estructuras no han terminado de nacer.

La sociedad siente que sigue profundamente enferma, como en 2000, a pesar de los avances de los últimos 15 años, y que el responsable no eran las Farc, sino la corrupción. La única manera en que el Gobierno puede sintonizarse con la opinión pública es aceptando su diagnóstico y mostrando resultados contra la corrupción. Pero —a diferencia de 2002— esa es una tarea mucho más peligrosa. No tiene siquiera el apoyo real del partido de gobierno, que combatió hasta la consulta anticorrupción y quizá prefiera acusar a otro chivo expiatorio y no hacer cambios de fondo: la inmigración venezolana.

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