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Aprender del Brexit

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En lugar de aprender de los graves errores del Brexit, los copiamos todos.

Pero aún se está a tiempo de aprender para no cometer el más grave de todos: la aplicación evitable del resultado electoral. La primera ministra del Reino Unido está a punto de hacerlo “arriesgando poner primero su partido que su país, con graves consecuencias”, según The Economist.

El plebiscito copió del Brexit su convocatoria innecesaria. Copió las encuestas equivocadas. Pero sobretodo copió la campaña populista, que como en el Brexit desembocó en un resultado lleno de cuestionamientos morales y políticos, marchas de jóvenes reclamando cordura de sus mayores, y en una crisis de incertidumbre nacional muy difícil de controlar.

Como en el Brexit, ante el caos generado por un resultado improvisado, se apoderó de los políticos —empezando por los responsables del resultado— una hipócrita compostura política. Y de los medios y la sociedad civil, el auto convencimiento de que se trata de una oportunidad de unir una sociedad partida por la mitad.

Y tomó cuatro meses saber cómo se aplicaría el resultado electoral en Gran Bretaña, luego del fracaso de las negociaciones para preservar el acceso libre de los productos y servicios británicos. Al día siguiente la libre esterlina perdió 6% de su valor frente al dólar, y aún no se conocen bien las consecuencias económicas negativas, pero se sabe que serán mayores a las previstas. La Unión Europea había mostrado una actitud respetuosa, pero respondió que todo o nada para desestimular intentos de otros miembros de abandonar la Unión. El poder y la popularidad de la primera ministra dependen tanto de mantener la posición populista de dureza contra los inmigrantes, que prefiere asumir los costos económicos del Brexit.

La diferencia del caso colombiano es que los ganadores del plebiscito no han llegado al poder con la promesa de cumplir con el resultado —“Brexit es Brexit”— y, por el contrario, sostienen que No no es no, sino sí. Por eso, si no se lograra un acuerdo rápido entre las pretensiones de los expresidentes Alvaro Uribe, Andrés Pastrana y de Alejandro Ordóñez, y las Farc, para salvar la paz se podría intentar que el Gobierno llegue a un nuevo acuerdo precisando las áreas grises que generan zozobra, especialmente en materia de justicia, y cambiando realistamente aspectos esenciales que rechazan muchos votantes del No. Podrían pactarse soluciones como detención efectiva de 12 o 18 meses para los jefes guerrilleros que no renuncien a participar en política, no inclusión de los acuerdos en el bloque de constitucionalidad, entre otros cambios. Los nuevos acuerdos se podrían someter de nuevo a una consulta popular, con lo que se presionaría a los partes más extremas a ceder en sus pretensiones.

El verdadero obstáculo para la paz durante décadas fue el deseo de los extremos ideológicos de imponerse sobre el otro, empezando por las Farc. El presidente Santos logró llevarlas a ceder sus convicciones dogmáticas mediante un proceso de cuatro años. No podemos dedicar otro tanto a convencer al uribismo de cambiar posturas ideológicas y electorales por soluciones prácticas. La paz será el triunfo de la Constitución, pero no puede serlo de concepciones ideológicas disfrazadas de indignación.

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