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Contra el cinismo electoral: liderazgo

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La gran pregunta sobre las elecciones en Bogotá es si la desilusión causada por Samuel Moreno, que obtuvo la mayor votación de la historia para la Alcaldía, casi un millón de votos, ha generado lo que los norteamericanos llaman cinismo político —desinterés electoral a causa de la sensación de que da lo mismo votar que no hacerlo— o si por el contrario reforzó el deseo de los electores de participar en las elecciones para corregir los problemas que dejó Moreno.

Diría que ambas. Hoy hay mucho escepticismo, pero a la vez el electorado bogotano ya superó el desencanto con el alcalde anterior y está listo para que le roben el corazón y le devuelvan, si no la alegría que sintió hace unos años por el buen comportamiento de Bogotá, al menos la confianza de saber para dónde va la ciudad. Parte del escepticismo que parecen revelar las encuestas puede deberse a que los electores están extrañando una campaña más emotiva, que interprete mejor su estado de ánimo. La dirección que indican las encuestas no es buena para ningún candidato, sólo promueve la incertidumbre, que en materia electoral no es buena consejera, hace que no se imponga la verdadera voluntad de la ciudad sino las dudas, la división y la desconfianza. Porque la crisis que vive Bogotá es política y consiste fundamentalmente en vacío de liderazgo. Paradójicamente en una campaña llena de buenos candidatos no parece estar destacándose el liderazgo. Ninguno está pudiendo romper la inercia y convocar un apoyo mayoritario. Eso se debe quizás a que no hay una diferenciación clara entre quienes defienden la continuidad y quienes proponen cambio, pues todos, con la excepción del candidato del Polo, coinciden no sólo en la necesidad de cambio, sino en los rasgos generales de cómo debe hacerse el cambio. Esa circunstancia está haciendo que hasta ahora los candidatos no hayan podido transmitir una visión claramente diferenciable de los demás. De tres de los elementos claves del liderazgo —la visión, el ejemplo y los resultados— en la campaña están claras las diferencias en materia de resultados y de ejemplo. Los exalcaldes Peñalosa y Mockus y el excandidato presidencial Petro tienen mucho más que mostrar que los candidatos jóvenes, y eso no va a cambiar en lo que resta de la campaña. En lo que hay un campo abierto es en materia de la visión de la ciudad: hacía dónde se debe ir y cómo hacerlo. Allí es donde podría modificarse la dinámica estática de la campaña, si alguno de los candidatos pudiera resumir su proyecto político en una frase que generara confianza y esperanza. La clave de la campaña está en introducir optimismo, emociones, porque la dinámica racional no está convenciendo a los votantes, que se están guiando más por perjuicios que por juicios. Pero eso no se logra sólo con propuestas. No hay temas mágicos, porque además el fantasma del metro desprestigió las soluciones fáciles. Tiene que ser con una visión integral de cómo tiene que ser Bogotá, una narrativa que convenza. Para llegarles a los votantes, los candidatos tienen que enfocarse menos en los temas puntuales, que al final lo que requieren es soluciones técnicas que cualquier técnico puede ofrecer. Los ciudadanos quieren líderes, no técnicos, y eso implica romper paradigmas.

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