Crisis de confianza

Alvaro Forero Tascón
02 de diciembre de 2018 – 02:35 p. m.

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Los indicadores de las encuestas en temas económicos, sociales y políticos tienen un denominador común: falta de confianza de la gente. En las instituciones, en la mayoría de políticos, en el futuro.

Hasta hace pocos meses muchos atribuían esa crisis al gobierno de Juan Manuel Santos. De hecho, fue creada en parte por la oposición a Santos, con fines electorales. En la medida en que subía el pesimismo y la intranquilidad sobre el futuro, caía la favorabilidad del gobierno. La oposición creyó e hizo creer al país que la desconfianza era un arma legítima de lucha política, y no una irresponsabilidad que no solo desestabilizaba al gobierno sino a la democracia. Que no solo producía estela en la superficie, sino grietas profundas en el fondo. Pero, sobre todo, que se la llevarían los vientos de cambio.

No fue así. Primero, benefició a la izquierda porque la falta de confianza en el sistema obviamente favorece a la política antisistema. Parte de la razón del ascenso electoral sostenido de Gustavo Petro fue que el sistema que llevaba combatiendo por años se había dividido y se estaba minando a golpes de desconfianza. Segundo, tan no se llevaron la desconfianza los vientos de cambio, que tanto el nuevo gobierno de Iván Duque, como el expresidente Uribe, han sentido el bumerán de la desconfianza y el pesimismo. La percepción de que la corrupción sigue empeorando ya está cerca del 90 %.

El cáncer de la desconfianza tiene factores internos e internacionales. En lo interno, los principales son la corrupción y el populismo. La corrupción es la criptonita de las democracias. Estudios muestran que personas que respetan las reglas empiezan a irrespetarlas cuando se percatan que otros las incumplieron. El escándalo de Odebrecht ha sido tan dañino porque confirma que la poca justicia que hay es “para los de ruana”. El populismo es el vehículo más demoledor contra la confianza porque identifica un enemigo al que culpa de problemas ciertos o venideros, y divide la sociedad entre pueblo puro, al que dicen encarnar, y élites corruptas. El proceso de paz con las Farc pudo ser un generador de paz política y esperanza en un país renovado, de triunfo del sistema contra sus enemigos, pero fue utilizado electoralmente para hacer creer que era la entrega del país a las Farc por parte de las “élites corruptas” del presidente y el Congreso.

Los escándalos de corrupción y el populismo de derecha quizás no habrían sido tan demoledores para la confianza en otra época. Pero se dieron en un momento en que la confianza social está cayendo vertiginosamente en las democracias liberales. El deterioro de las condiciones económicas de las clases medias acelerado por la crisis financiera de 2008, el agravamiento de la desigualdad, las dinámicas disrruptivas de la globalización y las olas de inmigración han generado unos malestares sociales que han hecho cuestionar la pericia y la autoridad moral de las clases dirigentes en todo el mundo. Pero lo que ha materializado y profundizado la desconfianza son las redes sociales. Han generado estímulos enormes al negativismo, y un elemento desconocido hasta ahora en la historia del mundo: la caída del respeto a la experticia, la sensación generalizada de que debe gobernar el hombre común porque las élites son ineptas.

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