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HACE UNOS MESES UN HOMBRE PLANteó electoralmente por primera vez en doscientos años, una verdad simple y evidente —que era necesario y posible reducir la ilegalidad que tiene secuestrada a Colombia—. Con ella conmocionó al país y puso a temblar al establecimiento político.
Pero el hombre cometió un error político imperdonable: no “cesó” las verdades. Siguió “confesándolas” temerariamente. Que nadie era inmune a la extradición si la ley lo ordenaba, que Hugo Chávez tenía aspectos que admirar, que para avanzar era necesario aumentar impuestos. Y otras “peores”, como que los líderes se equivocan, que no deben prometer sin estar seguros de poder cumplir, que se necesita tomar riesgos para mejorar verdaderamente.
Dirigió sus verdades no sólo contra los enemigos comunes —los políticos y los guerrilleros— sino también contra valores apreciados de sus compatriotas: que el gobierno no debe ser de iluminados sino de grupos capaces y honestos, que el líder debe mostrar su fragilidad, que los buenos fines no lo justifican todo.
Tantas y tan imprudentes verdades, que muchos de los colombianos entusiasmados con la verdad inicial se sintieron atemorizados. Especialmente los pragmáticos, y esta es una sociedad a la que la infamia le enseñó el valor del pragmatismo, para sobrevivir, para resistir, para prosperar en medio de la iniquidad y la violencia. Los más desilusionados con la catarata insoportable de verdades de Mockus fueron aquellos que entienden que la verdad no tiene valor en sí misma. Que su valía depende de que sea útil o no. Las mayorías afectas a la filosofía utilitarista, que consideran que hay verdades tan inútiles, tan inconvenientes, que no merecen decirse, o que por los efectos que producen no parecen siquiera verdades.
Esos colombianos consideraron que la sinceridad de Antanas Mockus era realmente evidencia de su incapacidad para gobernar con firmeza. Tuvieron a la mano al político más capaz para enfrentar la peor lacra de la sociedad colombiana, pero prefirieron no arriesgarse. Y esa decisión es legítima, la verdad ha sido siempre uno de los mayores dilemas de la política. No hay un aspecto más importante, pero a la vez más relativo, que la verdad en las relaciones entre gobernados y gobernantes. Jean Francois Revel sostenía que la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira. La mayoría de los ciudadanos acepta que esa formulación desoladora es una de las pocas verdades que hay en política. Sin embargo, eso no ha contribuido a valorizar la transparencia de algunos pocos políticos, sino a fomentar el cinismo de los votantes. Y ese relativismo posmoderno es el mayor estímulo para que prospere la manipulación mediática, la ingeniería de la opinión pública.
Mientras que la familiaridad cada vez mayor de los seres humanos con la ciencia no ha redundado en la capacidad de las masas para racionalizar su pensamiento político, “el investigador científico… es alguien que se ha encerrado voluntariamente en unas reglas tales que le condenan, por así decirlo, a la honradez”, decía Revel. Por eso quien mejor explica las razones de por qué una mayoría de colombianos terminó desconfiando del extraño candidato obsesionado con sus verdades, es Flannery O’Connor, que decía que había visto la verdad, y que la verdad la había hecho extraña.