Publicidad

El carisma de los líderes

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

¿Puede un líder perder su carisma? se pregunta Joseph Nye (profesor de Harvard y autor de la teoría del ‘poder suave’) a propósito de Barack Obama y de la idea de que el presidente norteamericano perdió su aureola de líder carismático.

Para contestar la pregunta, Nye reflexiona sobre el misterio del carisma, como tantos otros a través de la historia, pues nadie ha podido definir esa “cualidad” que algunos califican como la llave del éxito político. Otros, como Dick Morris, el estratega político norteamericano, sostienen que el carisma no existe: “el carisma es la característica política más inaprensible, porque no existe en la realidad; sólo en nuestra percepción una vez un candidato ha tenido éxito a base de trabajo arduo y buenas propuestas”. Es decir, en política el carisma es más resultado que causa, más percepción que personalidad.

Creo que tiene razón, la historia está llena de hombres con magnetismo personal que han fracasado políticamente, y de figuras inexpresivas y grises que han conseguido poder, con el que cultivaron una imagen carismática. Son pocas las personas muy poderosas a las que en algún momento no se les atribuye algún nivel de carisma. Hay líderes a quienes se les atribuyen igual cantidad de carisma como falta de él, como a Antanas Mockus. A Belisario Betancur se lo calificó en una época de líder carismático. Para los extranjeros es difícil creer que Vladimir Putin sea carismático, pero por años generó devoción entre las mayorías rusas. Son pocos los políticos como John Kennedy de cuyo carisma nadie duda, a pesar de sus resultados electorales y cifras en las encuestas.

Entre los últimos diez presidentes colombianos, casi ninguno puede calificarse de carismático. Su llegada al poder se explica más por su capacidad de dominar sus partidos políticos y la coyuntura, que por su arraigo popular. Nye sostiene que los ciudadanos son más propensos a encontrar carisma en sus gobernantes en tiempos de crisis, cuando sienten la necesidad de cambio, y da el ejemplo de Churchill, a quien no se reconocía como carismático cuando llegó al poder en 1939, percepción que cambió drásticamente un año después cuando desplegó su visión y habilidad comunicativa. Pero cinco años más tarde, cuando el énfasis nacional pasó de ganar la guerra a construir un Estado benefactor, el carisma de Churchill o se desvaneció o no bastó para evitar que perdiera las elecciones.

Pero no hay duda que en la sociedad moderna, enfocada más en los candidatos que en los partidos o las plataformas electorales, la capacidad de transmitir, la comunicación no verbal, juega un papel relevante. Nye cita un estudio de la Universidad de Princeton, en que personas que desconocían las campañas electorales predijeron el ganador en siete de diez casos, con sólo mirar imágenes de los dos candidatos en contienda. Por eso los líderes más agresivos, más propensos a la demagogia, los denominados líderes leoninos como Margaret Thatcher y Ronald Reagan (por oposición a los denominados “zorros”), tienden a generar una mayor percepción de carisma.

Para responder la pregunta sobre Obama, Nye se cuestiona si el carisma se origina en el individuo, en los seguidores, o en la situación. Dice que la investigación académica apunta hacia los tres factores.

Conoce más

Temas recomendados:

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido