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¿El otoño del uribismo? (III)

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APARENTEMENTE LA SUERTE EN LA política no existe, pues ésta consiste en interpretar y aprovechar la historia, tanto como en moldearla.

Pero pocas veces un político encuentra el camino libre hacia una mesa servida tanto de los problemas que lo hacen necesario, como de los instrumentos que requiere para solucionarlos. Eso fue exactamente lo que le sucedió a Álvaro Uribe. La manera acelerada en que pareciera estar perdiendo su suerte descomunal, demostraría que buena parte de la supuesta revolución uribista fue en realidad lo que los economistas llaman una burbuja, y los niños una piñata.

La mayor de las suertes de Álvaro Uribe fue heredar del proceso de paz de Andrés Pastrana, el consenso social sobre la necesidad de enfrentar la violencia con violencia, acompañado del mecanismo para hacerlo en el Plan Colombia, lo que le proveyó una insuperable plataforma política.

La segunda de las suertes fue tener como contradictor electoral a Horacio Serpa, lo que le proveyó la victoria. Si Serpa no hubiera mostrado en 2002 la ceguera histórica que le impidió entender que la percepción de inseguridad del campo había llegado a los grandes centros urbanos donde se decide la elección presidencial, Uribe permanecería hoy en el 2% de las encuestas. Pero Uribe no se ganó la lotería sólo una vez, sino que pudo enfrentar al cadáver político de Serpa de nuevo en 2006.

La tercera, fue coincidir históricamente con George W. Bush y su política antiterrorista, lo que le proveyó del título habilitante para aplicar una política ultraconservadora, simulando que los intereses de las mayorías coincidían con los de su coalición de poder, compuesta por el clientelismo, los militares, los empresarios y los Estados Unidos. 

La cuarta fue coincidir con la avalancha económica internacional más grande de la historia reciente, que le proveyó los recursos para pagar por sus políticas y hacerse necesario. Una bonanza tan generalizada, que países como Perú y Panamá, e inclusive Venezuela y Argentina, crecieron a ritmos superiores a los de Colombia. Acompañada por ingresos de tres mil millones de dólares anuales en remesas de los colombianos que tuvieron que salir del país durante la crisis de cambio de siglo, y que aliviaron enormemente las presiones de empleo; y de ingresos por petróleo superiores a seis mil millones de dólares anuales; y de una reducción de la deuda pública de casi treinta por ciento, y del servicio de la deuda de casi cincuenta por ciento por el efecto añadido de la revaluación; y de exportaciones a Venezuela de cerca de tres mil millones de dólares anuales.

La quinta fue Hugo Chávez, que lo proveyó de condiciones de contraste muy favorables en lo internacional, y de un enemigo muy conveniente en lo interno.

Uribe ha recontado la historia de Colombia, construyendo el mito de una obra política tan propia como estructural. Pero el mito está mostrando grietas. Todavía no es posible dar un veredicto sobre si la seguridad democrática es la partera de una nueva historia de Colombia, o una inmensa oportunidad perdida. La historia no le reclamará a Álvaro Uribe por su buena suerte, que ojalá todos los gobernantes tuvieran. A Uribe lo que le queda por demostrar, es no haberla dilapidado.

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