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El otoño del uribismo (IV)

Alvaro Forero Tascón
30 de noviembre de 2008 – 11:18 p. m.

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AUNQUE LAS SEÑALES DE PÉRDIDA de impulso del uribismo vienen apareciendo desde hace meses, el rechazo parlamentario al referendo para la reelección en 2010 es la primera gran derrota política del Presidente, y el inicio de su ocaso político.

La continuidad de Álvaro Uribe en el poder la frenaron el liberalismo, miembros de la propia coalición de gobierno y la yidispolítica, pero también el ciclo histórico que está desbordando rápidamente la pertinencia y efectividad del uribismo.

Es posible que el Presidente haya consentido al hundimiento del referendo para la reelección en 2010 en la Comisión Primera de la Cámara. Pero si fue así, lo hizo para evitar una derrota política mucho mayor: la pérdida de un referendo que costaría más de cien mil millones de pesos. Porque con encuestas que muestran la pérdida de apoyo a la reelección, el Presidente tenía suficientes razones para prever la dificultad de sacar adelante un referendo en medio de una situación económica y social difícil, como la que se anticipa para el próximo año.

Aunque algunos nieguen con interpretaciones jurídicas que la segunda reelección inmediata esté muerta, y pretendan llevar el juego político hasta la Corte Constitucional, las consecuencias de este descalabro político son imparables. El Presidente ya perdió su aura de invencibilidad, lo que sumado al espectáculo de impotencia que está mostrando frente al desastre de las pirámides, va a impactar negativamente su imagen. Pero, sobre todo, va a descongelar el escenario político. En cuestión de días la política empezará a tomar una dinámica más competitiva.

Pero el descalabro va más allá de la mecánica política. Significa que el proyecto ideológico del uribismo puede no llegar a durar siquiera los dos períodos presidenciales. Los nuevos vientos internacionales y las crisis internas pueden obligar al Gobierno, jalado por los partidos uribistas, a timonear hacia el centro del escenario político para dejar atrás sus veleidades ultraconservadoras. Los días del antiterrorismo furioso y del neoliberalismo a ultranza, están quedando atrás.

El freno a la reelección inmediata debería producir la renovación del uribismo. Sin embargo, no es resultado de un hecho fortuito, sino de un desgaste político que puede afectar no sólo a Uribe, sino también a sus herederos. Porque aunque nadie discute el peso del uribismo, nadie duda de que ha sufrido un desvanecimiento con el cambio de las condiciones económicas y políticas internacionales, y con los graves descalabros internos de las últimas semanas. Guardadas las proporciones, el uribismo está recorriendo el mismo despeñadero que erosionó niveles de noventa por ciento de favorabilidad del gobierno Bush, con los falsos positivos (Abu Ghraib y Guantánamo), las pirámides (huracán Katrina), y DMG (crisis financiera).

Como en Estados Unidos, la agenda pública tenderá hacia prioridades diferentes a las que ha perseguido el país durante los últimos seis años. Para el Presidente y los uribistas recalcitrantes, tan aferrados a su concepción autoritaria, no será fácil asimilar el cambio repentino. Pero de ello depende que los vientos de la historia no jubilen al uribismo con la misma velocidad con que lo entronizaron.

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