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¿Entrando … o saliendo del populismo?

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Buena parte de la dificultad para comprender bien la última década en Colombia radica en que la historia ‘oficial’ no acepta que el país atravesó por un período de neopopulismo de mediana intensidad,…

Buena parte de la dificultad para comprender bien la última década en Colombia radica en que la historia ‘oficial’ no acepta que el país atravesó por un período de neopopulismo de mediana intensidad, que, no obstante su apariencia inofensiva, alcanzó a desmontar 200 años de bipartidismo, a imponer la agenda del poder regional sobre la del poder nacional (http://www.elespectador.com/impreso/columna-246653-el-pacto-entre-el-poder-nacional-y-el-regional), y estuvo a punto de perpetuarse en el poder. El ‘populismo siglo XXI’ explica la atipicidad de ese período, que rompió la tradición política del país, caracterizada por la preferencia de clientelismo sobre populismo, de moderación sobre radicalismo político, de institucionalismo sobre personalismo.

El fenómeno tuvo muchas de las características típicas del populismo tradicional, como la crítica a las élites centralistas e intelectuales, el rechazo a los partidos políticos (inicialmente), y el discurso emotivo e ‘incluyente’ sobre un supuesto Estado de opinión o Estado comunitario. Y utilizó los instrumentos tradicionales del populismo latinoamericano: el caudillismo y el asistencialismo (sólo con Familias en Acción cubrió cerca de diez millones de colombianos).

La pregunta es: ¿por qué entonces la historia oficial no reconoce un hecho tan evidente? Porque se trató de un fenómeno atenuado por varias circunstancias atípicas. La primera, que a diferencia de otros países latinoamericanos, fue consentido por el establecimiento (golpe de opinión al bipartidismo), en virtud de la coyuntura de aumento de la violencia, agravada por la simultaneidad con la crisis económica más fuerte de los últimos setenta años, y ante la falta de propuestas de los partidos políticos tradicionales para enfrentar la situación. Segunda, que no tuvo como bandera la lucha de clases, sino la seguridad (con la promesa populista implícita de derrota de la guerrilla). Tercera, que la comparación con los gobiernos vecinos acentuó las diferencias y no los parecidos. Cuarta, que tuvo el apoyo de Estados Unidos, y el componente asistencialista utilizó herramientas tildadas como populistas en el pasado por los entes multilaterales, pero bendecidas ahora como necesarias para compensar las limitaciones del modelo neoliberal (ej. Familias en Acción). Quinta, que al factor económico —el asistencialismo— le hizo sombra el caudillismo que centró toda la atención en el presidente, y se combinó con desarrollismo. Sexta, que convivió armónicamente con el clientelismo, forzado por la necesidad de conseguir la permanencia en el poder por vías democráticas. Y finalmente, que la fortaleza institucional colombiana (las cortes) morigeró primero los efectos, y luego evitó su perpetuación.

El populismo tiende a sobrevivir al gobernante en las mentes de los electores, condicionando su comportamiento político por largos períodos de tiempo. Eso hace que los gobiernos que suceden a los mandatarios populistas no puedan desmontar los programas heredados, a riesgo de comprometer gravemente su popularidad y la gobernabilidad. Esos programas tienden a convertirse en conquistas sociales, necesarias o hasta positivas en algunos casos, al punto que muchas veces no queda opción distinta a institucionalizarlos y profundizarlos.

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