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¡Es la cultura, estúpido! (II)

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La preferencia por mayores o menores niveles de venganza es una característica de la cultura de una sociedad. La filósofa Martha Nussbaum sostiene que la sociedad estadounidense tiene una fascinación por la venganza (“payback”), y que esa “mentalidad de frontera (o del oeste) hace muy difícil la visión racional”.

Agregaría que eso explica la tendencia de ese país a usar la fuerza contra quienes osan cuestionar su hegemonía, que sus cárceles estén a reventar (un número de reclusos casi equivalente a la población de Uruguay, dos millones de personas, 3,5 veces más que el promedio europeo), y que las muertes por arma de fuego per cápita en Estados Unidos sean 30 veces superiores a las del Reino Unido. Esa cultura es el caldo de cultivo de la rabia de sectores sociales que están siendo afectados económica y emocionalmente por el cambio de modelo económico generado por la globalización, y que puede terminar dañando gravemente la democracia más antigua del mundo con la eventual elección de un populista de derecha como Donald Trump.

Colombia puede tener una cultura de la venganza tanto o más intensa que la estadounidense, por razones obvias: es una sociedad que en 200 años ha vivido pocas décadas de paz, y en los últimos 60 años ha tenido que sufrir guerras atroces como La Violencia y el conflicto guerrillero, que suman cerca de 500.000 muertos. Eso explicaría la resistencia de ciertos sectores del país a la terminación del conflicto con las Farc, sin que se vengue militar o judicialmente el daño causado por ese grupo.

Esto querría decir que la resistencia al perdón y reconciliación de algunos colombianos no es simplemente un problema de comunicación gubernamental en materia de paz. Y que el respaldo popular a quienes se oponen al proceso de paz no es fruto de excepcionales atribuciones políticas, sino de que interpretan pasiones, creencias y pautas de conducta muy arraigadas en ciertos sectores de la población. De la misma manera de que el factor que mejor predice las posibilidades de que un estadounidense apoye a Trump, es la tendencia de la persona al autoritarismo para solucionar los problemas. En el caso del proceso de paz, quienes buscan amplificar su oposición entre quienes comparten la inclinación cultural hacia la venganza, son sectores amenazados política o económicamente, pero sobre todo, que aún no se convencen de que los beneficios de la paz sean mayores que los riesgos políticos de permitir que la extrema izquierda haga política libremente.

La evolución cultural es paulatina, y generalmente viene precedida por cambios prácticos impuestos por la necesidad o la conveniencia, como en el caso de la revolución sexual precipitada por el ingreso de la mujer al mercado laboral. En el caso de la paz, son tan grandes y amplios sus beneficios que, como indican las encuestas sobre participación en un eventual plebiscito, superarán las resistencias y generarán un proceso de cambio cultural necesario para la modernización de la vida nacional. Así como el populismo de Trump puede hacer retroceder peligrosamente a la sociedad estadounidense, la apuesta de Santos por la paz puede generar una dinámica de cambio cultural estructural en la vida colombiana.

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