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Fin de la confianza

Alvaro Forero Tascón
24 de noviembre de 2008 – 11:52 a. m.

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Después de seis años de permanecer inmóvil, la agenda pública colombiana ha empezado a cambiar. Durante el gobierno Uribe había estado tan enfocada en seguridad y crecimiento económico, que las demás preocupaciones públicas desaparecieron del escenario nacional.

Un gobierno fuerte controla la agenda pública anticipando o adaptándose a la problemática del momento, con un relato y unas políticas capaces de convencer a las mayorías, evitando que las circunstancias o los opositores le impongan una agenda adversa. Pero para ello requiere que las condiciones históricas le sean favorables, o por lo menos compatibles con su propuesta política. Alvaro Uribe había podido controlar la agenda nacional, gracias a que desde el inicio de su gobierno coincidieron los fenómenos de resentimiento frente a las FARC y necesidad de salida de la crisis económica, con los de lucha internacional contra el terrosismo y la avalancha económica internacional. Una conjunción tan extraordinaria de factores, que equivale a que a Barack Obama se le dieran desde el exterior las condiciones ideológicas y económicas necesarias para solucionar los problemas que le despejaron el camino hacia el poder, y que esas condiciones perduraran seis años.

La agenda pública colombiana estuvo inmovilizada por tanto tiempo, porque el mejoramiento simultáneo de la seguridad y del crecimiento económico tuvieron una duración y una profundidad excepcionales, generando una atmósfera de confianza sin antecedentes en la sociedad colombiana moderna. Confianza en la capacidad para superar los lastres históricos mediante crecimiento económico, apoyo estadounidense, y trabajo y carácter de Alvaro Uribe.

Es la confianza en esos tres pilares la que se está diluyendo como agua entre los dedos del Presidente, por causa del desorden social que está coincidiendo con la crisis económica internacional y el cambio político generado por el triunfo de Obama. Al estar la confianza dando paso a la incertidumbre, una de las sensaciones sociales más potentes para producir oleaje político, empieza a conformarse una agenda pública diametralmente diferente a la anterior. Las encuestas pronto empezarán a mostrar el desplazamiento de la atención de la opinión pública hacia las dificultades económicas, los derechos humanos, el desempleo, la protesta social, la falta de resolución del conflicto interno, los nuevos liderazgos. La agenda dejará de estar concentrada en temas afines a los valores sociales conservadores, para enfocarse en aquellos relacionados con los valores asociados al cambio, más cercanos a las soluciones de centroizquierda.

Algunas de las preocupaciones serán nuevas, como las producidas por las pirámides, pero otras, como el desempleo, simplemente resurgirán. De la velocidad con que reaparezcan los males nacionales que se creían superados, depende que la agenda pública se nuble con el pesimismo del pasado.

Y entre más se aferra el Presidente a la desgastada receta de la autoridad, acudiendo a los estados de excepción, más evidente hace que las nuevas circunstancias están desbordando a su gobierno. Por eso el principal cambio que está dándose en la agenda pública, es la pérdida de apoyo a la segunda reelección.

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