Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EL CONCEPTO DE CAMPAÑA PERMAnente se acuñó en el primer gobierno de Ronald Reagan para denominar la estrategia de borrar la línea divisoria entre hacer campaña y gobernar. Pretende suplantar la tesis de que en campaña se llenan las arcas de la popularidad, para gastarlas en el solitario ejercicio del poder.
La diferencia entre las dos tiene profundas implicaciones para las democracias. Antes de la campaña permanente se consideraba que la impopularidad y la incomprensión no eran solamente consecuencias naturales del ejercicio del poder, sino deseables, porque gobernar, como educar, implica evidenciar, exigir y responsabilizar, lo que no le gusta a las masas ni a los niños, que prefieren que los consientan, los malcríen y los disculpen.
La concepción clásica asume que para progresar, las sociedades necesitan que sus líderes les ayuden a mejorar sus hábitos, a superar sus mitos, a enfrentar sus patologías, a controlar sus pasiones. Por esa razón el verdadero estadista no es un administrador sino un reformador, que dedica sus esfuerzos a conseguir transformaciones cualitativas que perduren y lo sobrevivan, muchas veces en contra de la propia voluntad de su pueblo.
Algunos sostendrán que esa es una concepción desueta, imposible de aplicar en la sociedad mediática de hoy, en que los actos de los presidentes son la principal noticia diaria y en que las encuestas miden hasta las mínimas percepciones y estados de ánimo de la opinión pública. Que el gobernante de hoy no es el tirano ilustrado del pasado, sino un simple componedor cuya función se reduce a negociar con los distintos grupos de presión, para tratar de mantenerlos a todos contentos. Que si el gobernante gasta su popularidad, se hace irrelevante.
Aunque es cierto que hoy las relaciones entre los gobernantes y los ciudadanos no están mediadas por partidos políticos y creencias ideológicas estables, sino por una relación directa que favorece el populismo mediático y sus réditos políticos inmediatos, también lo es que la historia sigue siendo un juez implacable. Y mientras que los cambios profundos implican sudor y lágrimas pero producen obras de gobierno perdurables, cuando el líder renuncia a su deber de guiar a su pueblo y se contenta con “darle gusto” y explotar sus pasiones, condena su obra de gobierno a la irrelevancia histórica. Dos buenos ejemplos son De Gaulle y Churchill, que abandonaron el poder en medio de la incomprensión de sus conciudadanos, pero fueron llamados nuevamente en momentos en que se requería de verdadero liderazgo.
Porque las políticas populares generalmente no son las que más les convienen a los pueblos. Una cosa es la pasión de las masas por lo simple y dramático, que hace que los productores de películas, canciones y noticias prosperen explotando la elementalidad humana, y otra muy distinta las reales necesidades de una sociedad. Cuando el gobernante toma el camino fatuo de atesorar aplausos con acciones que parecen pero no son, con promesas que entusiasman pero no se cumplen cabalmente, termina convertido en prisionero de su campaña permanente, pues sólo las luces y el sonido estridente del poder le permiten esconder la cortedad de su obra, y para mantener el secreto, tiene que permanecer en el poder indefinidamente.