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QUE LA REGIÓN ANDINA SEA HOY escenario de una versión tibia de la Guerra Fría, es una proeza del anacronismo que sólo cabe en una región gobernada por algunos de los presidentes políticamente más extremistas del mundo, que ha fuerza de dogmatismo han construido todas las condiciones geopolíticas clásicas de la confrontación este-oeste.
Hoy la zona andina tiene un país con un gobierno radical que proclamándose revolucionario y socialista, busca abiertamente generar un efecto dominó, y que ha contribuido a que dos países del vecindario hayan “caído” bajo gobiernos poco moderados. Y tiene un país con un gobierno “adversario”, también radical pero de ideología ultraconservadora.
Pero el elemento que mejor reproduce el escenario de confrontación este-oeste, es que mientras tres de los países son rabiosamente antiimperialistas, el “adversario” es ferozmente anticomunista, y alberga dentro de sus fronteras cientos de asesores militares de la potencia “imperialista”, ha recibido de ésta cientos de millones de dólares para enfrentar a una antigua guerrilla marxista que atraviesa libremente fronteras porosas, reproduce una doctrina que criminaliza como terrorista la violencia política y ha bombardeado territorio extranjero en aras de la “intervención defensiva”. Mientras uno de los países es el proclamado mejor aliado de la potencia imperial, el otro no es solamente su mayor detractor en el continente, sino aliado político de la guerrilla vecina.
Sin embargo, aún condiciones tan prolíficas no habrían bastado para generar una situación de Guerra Fría en el siglo veintiuno, si los “combatientes” presidentes de la región no hubiesen encontrado el patrocinio de potencias mundiales gobernadas por mandatarios tan extremistas y unilaterales como ellos. A pesar de que Colombia viene ejerciendo como alfil de los Estados Unidos en la región desde hace años, hasta hace unos meses Venezuela no había respondido con la misma moneda. Solamente cuando las tensiones entre Rusia y Estados Unidos escalaron con ocasión de Kosovo y Georgia, apareció la oportunidad para que Venezuela jugara el mismo juego colombiano, mostrando apoyo militar y político extranjero.
Pero la pregunta relevante es si las condiciones propicias de la región para reproducir un conflicto frío para las potencias, pero caliente para nuestros países, terminarán reducidas a una pantomima tropical que carecerá de consecuencias, o si existe la posibilidad real de un escalamiento de la intervención extranjera en la región. No hay duda de que Rusia y Venezuela quieren provocar a los Estados Unidos, y unir sus debilidades para dar la apariencia de una relevancia internacional mayor a la que tienen realmente.
Pero para una guerra, por más fría que sea, se necesitan dos, y ni siquiera Bush, en su extremismo, les concedió estatus político a Rusia y a Venezuela para jugar el papel de verdaderos adversarios. Con la llegada de Barack Obama al poder, Estados Unidos no sólo va a tratar de romper la senda ascendente de polarización con Rusia, sino que tratará de demostrar que tigres de papel como Venezuela son manejables mediante una diplomacia moderada. Pero si la apertura diplomática de Obama fracasa, y da muestras de debilidad, podría tentar a Putin a profundizar su provocación desde los Andes.
*Analista político, investigador en opinión pública.