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La agenda nacional

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LA AGENDA NACIONAL ES UNO DE los aspectos más decisivos de la vida de un país. Define las prioridades y con ello elecciones y el presupuesto nacional.

Los gobiernos que tienen éxito la imponen, a los que no se las imponen las crisis o la oposición. Buena parte del éxito político de Álvaro Uribe fue su capacidad de controlar férreamente la agenda nacional. Lo hizo manteniendo la seguridad no sólo como prioridad, sino como el eje de todo lo demás. Uribe vendió la tesis de que todo dependía de una pirámide: en la base, grande, la seguridad, en el medio la confianza inversionista y en el tope la cohesión social.

Por estar confundiendo todo con diferencias de “estilo” presidencial, que es un concepto simplista e inexacto, no se le ha dado la importancia que tiene uno de los mayores cambios que ha introducido el gobierno del presidente Juan Manuel Santos: la diversificación de la agenda nacional. Haciéndolo, Santos está corriendo un riesgo político grande. Habría sido más seguro para él continuar con el énfasis en seguridad, fiel a la tesis integral de la pirámide. Así habría evitado lo que está sucediendo, y puede agudizarse —que ante cada traspié en materia de seguridad venga la acusación de haberla abandonado—, pues los sectores uribistas recalcitrantes necesitan evadir responsabilidad y presionar para que se mantenga la “securitización” de la agenda. Y habría evitado otro riesgo grande: que se le acuse de carecer de una visión realizable que convoque a los ciudadanos en una misma dirección.

La diversificación de la agenda no puede reducirse al deseo de Santos de dejar su propia marca en la historia. Por su envergadura, responde a una concepción liberal en lo ideológico, y a una aproximación de tercera vía en lo práctico. Santos parece haber entendido que la obsesión de una sociedad con un tema no sólo sacrifica otros aspectos igualmente importantes, en el caso colombiano el empleo y la igualdad, sino que toda política tiene efectos colaterales, y a mayor profundización de esa política mayores son sus efectos colaterales. Como ilustra el fenómeno de la Enfermedad Holandesa, aun el aumento de la riqueza de un país puede traer consecuencias paralelas desfavorables, en ese caso el aumento de la revaluación y sus efectos nocivos sobre toda la economía.

Así como en Estados Unidos la “securitización” de la agenda a raíz del ataque a las Torres Gemelas trajo los excesos de la era Bush, incluido Irak, en Colombia produjo daños colaterales como el descuido frente a las bacrim, la inseguridad en las ciudades y los pavorosos falsos positivos, y por vía de contagio, en el plano político la desinstitucionalización, la reelección y la subordinación de la política internacional a la política interna.

Las agendas únicas tienden a maximizar los resultados de los fines que persiguen, pero también a sobresimplificar tanto el diagnóstico de la problemática (el único culpable es las Farc), como la solución (detrás de la seguridad viene lo demás). Y se prestan fácilmente a la manipulación política de la ciudadanía. Un ejemplo es la obsesión por la seguridad de los países árabes, que ha permitido que los autócratas aumenten desproporcionadamente el rol del ejército para mantenerse en el poder, explotando el miedo y el odio por la “amenaza israelí”.

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