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La coherencia es una condición muy valorada en política, que tiene un gran trasfondo filosófico.
En las campañas los candidatos buscan atacar las incoherencias del adversario. Los periodistas se solazan revelando incoherencias de los políticos o de los gobernantes. La coherencia es una especie de sello de integridad, de transparencia, pero también se tiende a abusar de ella con fines políticos.
La política colombiana tiene en este momento dos casos contrapuestos que miden los efectos de la coherencia política. Uno es el del alcalde electo Gustavo Petro, quien en estos días se ha defendido de las críticas alegando que está limitándose a insistir en aquello que prometió en la campaña y por lo que votaron cerca del treinta por ciento de los electores. En una columna reciente en La Silla Vacía, llamada ‘Alcalde: Deje así’, Héctor Riveros abogaba porque ojalá Petro recurriera a la incoherencia, y por el bien de la ciudad se olvidara de cumplir promesas como fusionar las empresas de servicios públicos o terminar con la operación privada de algunos colegios públicos.
El otro caso es el del presidente Juan Manuel Santos, que ha desarrollado una agenda que para algunos es demasiado liberal, lo que equivale para ellos a una traición a Álvaro Uribe, a pesar de que Santos ha cumplido con proteger el legado que se le encomendó: lo que Uribe llamó sus “tres huevitos”. Es evidente que Santos ha hecho profundos cambios en relación con su antecesor, pero habría que analizar, primero, si constituyen incoherencia, y segundo, si siendo incoherencia, tienen justificación histórica y política. Aunque la plataforma electoral de Santos era la continuidad, especialmente en materia de seguridad, desde la campaña sostuvo que mejoraría las relaciones con Venezuela, que terminaría el enfrentamiento con la justicia, que reviviría ministerios, que buscaría gobernar con una coalición de Unidad Nacional, etc. Santos ha sido coherente con sus dos características políticas más conocidas: su visión pragmática de la política como el mejor camino para obtener buenos resultados y la convicción liberal moderada que ha sintetizado en su adhesión a La Tercera Vía. Pero aún aceptando que los muy uribistas quisieron pensar obtusamente que votaban por Uribe III, lo importante es si la supuesta incoherencia de Santos ha sido positiva para la sociedad colombiana, que es con quien realmente asumió el compromiso.
Porque es en el terreno de los efectos y los resultados donde debe evaluarse a los gobernantes, pues la política no es sólo un ejercicio intelectual y ético, sino uno práctico que afecta la vida de millones de personas. ¿Es mejor que un gobernante sea coherente, o que acierte? Obviamente lo ideal es que acierte siendo coherente, pero cuando eso no es posible porque las limitaciones y complejidades de la realidad social no lo permiten, o porque simplemente se concluye que no es conveniente hacer lo prometido, se requiere valor, creatividad y talento político para hacer lo que para el gobernante es lo correcto.
Tiene que haber límites para el ejercicio del poder y los excesos de incoherencia pueden dar paso a lo antiético. Pero la coherencia absoluta puede desembocar en el proverbio de Santos: “solo los imbéciles no cambian de opinión”.