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Los países requieren fórmulas políticas distintas para cada época, que se adapten a los retos y posibilidades del momento histórico.
En 1968, la fórmula colombiana fue la modernización. En 1990, el revolcón, cambiar el modelo institucional y económico. En 2002, la resolución, enfrentar militarmente la crisis de seguridad.
En la nueva etapa política que comienza con el inicio del segundo gobierno de Juan Manuel Santos, la fórmula parece ser la conciliación. El mayor reto del país hoy es conciliar objetivos y bienes públicos en contradicción o en competencia, para generar un desarrollo más armónico y más equilibrado. Conciliar los intereses de una Colombia rural atrasada, que reclama condiciones mínimas de desarrollo, con los de unas crecientes clases medias urbanas que exigen mejores servicios en materia de justicia, de salud, de infraestructura. Los sectores sociales más débiles perciben que privilegiar la minería, la inversión, ha tenido costos sociales excesivos para ellos, mientras que las clases medias urbanas consideran que los subsidios monetarios, como Familias en Acción, y las ampliaciones de cobertura en educación y salud compiten contra sus necesidades en materia de la calidad de esos servicios.
En parte, esto es resultado de que Colombia es un país en transición, no sólo por estar convirtiéndose en la tercera economía de América Latina, después de Brasil y México, así como el tercer país más poblado. Está en transición también hacia la paz, hacia una sociedad de clase media, menos homogénea y más deliberativa. Esa transición está agudizando las diferencias entre las dos naciones que conviven, una insertándose en la modernidad y exigiendo condiciones competitivas, y otra que reclama acceso a servicios básicos.
El reto del segundo gobierno Santos es consolidar. Consolidar la paz, el ritmo de crecimiento económico, las reformas ofrecidas. Y esa consolidación requiere también de la conciliación, de una gobernabilidad basada en el compromiso, para la cual la minoría política uribista es un obstáculo serio, porque tiene la pretensión de mantener dividido al país.
La consolidación requerirá cambiar el imaginario de que conciliar es “querer quedar bien con todo el mundo”, y mostrar que es una obligación del Estado y una condición para la armonía social que requiere el desarrollo equilibrado. La canciller alemana Ángela Merkel es muy popular en su país, en parte porque explica los beneficios equilibrados de sus políticas. Generalmente muestra que le concede a un sector sólo hasta cierto punto, porque no hacerlo implicaría lesionar a otro sector de la sociedad. Quizás la nueva composición del Congreso —que es lo más cercano que ha tenido el país al multipartidismo— muestre diversos puntos de vista sobre los temas nacionales, y así ayude a que el país entienda que es de sistemas políticos fuertes recurrir a la conciliación, para encontrar las mejores soluciones a problemas que no tienen salida fácil.
Una nueva era de conciliación sería el remedio para frenar el crecimiento del modelo político caudillista que —nutrido por el odio a las Farc— no sólo dificulta la reconciliación necesaria para consolidar la paz, sino que reduce la discusión política a la pasión y la demagogia.