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Debajo del plácido puente de la Unidad Nacional corren aguas ideológicas cada vez más ruidosas.
Como pocas veces en la historia reciente, desde sectores políticos importantes se están planteando diferencias de fondo en temas estructurales como tierras, política internacional, política de paz, impuestos, inversión extranjera, política criminal, tamaño del Estado, política antidrogas.
Las diferencias provienen de sectores conservadores, que en el nuevo escenario político han tenido que desnudar sus posturas ideológicas radicales. Se dan como respuesta al proceso de reformas que adelanta el Gobierno, pero paradójicamente suceden en momentos en que se le atribuye al sistema político una tendencia al unanimismo.
¿Qué explica esa dicotomía entre una coalición política estable y una disputa ideológica agria? Obviamente las diferencias entre el gobierno actual y el anterior. Pero ¿por qué controversias tan de fondo se quedan en 140 caracteres y no tienen efectos políticos concretos en el Congreso, en las elecciones? Porque el sistema político colombiano, con algunas excepciones, no tiene un sustrato programático sino clientelista. Y el clientelismo no es otra cosa que un instrumento para conseguir apoyo político mediante minorías compradas, a falta del respaldo de mayorías a las que el sistema político no ofrece suficientes beneficios para conseguir su apoyo espontáneo.
Pero ¿qué explica entonces que hace apenas meses se decía que en Colombia existía un Estado de opinión, apalancado por los niveles de favorabilidad presidencial más altos en un continente pródigo en gobiernos populistas? Una posible explicación sería que en los últimos años en Colombia no se produjo en realidad un proceso de “derechización”, de profundización democrática a través de nuevos partidos políticos, de ideologización alrededor de la política de seguridad, como se ha pretendido. Sino que los nuevos niveles de “legitimidad” política que parece reflejar el alto y sostenido nivel de las encuestas de favorabilidad presidencial durante la última década, obedecen a que a principios de este siglo se rompió la tradición colombiana de rechazo al populismo —que es el método hermano del clientelismo para generar mayorías políticas artificialmente, y al que recurren los gobernantes latinoamericanos para compensar los desequilibrios sociales y regionales, y para romper las barreras del clientelismo para llegar al poder—.
Y a diferencia de los partidos políticos, el populismo, por artificial, no siembra raíces ideológicas. Además, el neopopulismo colombiano tuvo particularidades: era de derecha y por tanto evitó la lucha de clases, su componente caudillista se inclinó ante el clientelismo para tratar de perpetuarse y su arma menos vistosa pero más contundente —el asistencialismo— cambió de manos.
Por eso la controversia ideológica actual no está produciendo efectos políticos y si la derecha pretendiera producirlos desafiando al Gobierno en las próximas elecciones legislativas, tendría que arroparse, de nuevo, en el populismo. Pero esta vez, no tratándose de una campaña presidencial, llevaría las de perder frente al clientelismo, que podría responder desempolvando el bipartidismo.