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Los videos más impactantes de las políticas populistas tienen un elemento común: venganza. Bombardeos de lanchas de narcotraficantes, redadas de policías encapuchados contra inmigrantes aterrorizados, motosierras blandeadas contra burócratas y “comunistas h.p.”, encarcelados arrodillados en filas como animales, bombardeos a palestinos en Gaza.
Son alardes de uso de violencia, fuerza desproporcionada, desprecio de los derechos humanos, de humillaciones que hasta hace poco habrían generado indignación. Exhiben el cumplimiento de amenazas de venganza hechas a electorados resentidos contra grupos sociales que culpan por sus desgracias. Se presentan como políticas públicas disruptivas para la resolución de conflictos. Generalmente enmarcadas dentro de narrativas de recuperación de grandezas nacionales pasadas, atizadas con victimismo para explotar sentimientos de rencor que justifiquen el rompimiento de reglas institucionales para obtener la venganza.
La venganza obviamente ha sido siempre una motivación militar y política, pero legítima cuando respeta principios como el de proporcionalidad. Lo nuevo es que se está ofreciendo electoralmente como derecho a la restauración y retribución desproporcionadas, buscando fomentar procesos de construcción de identidad que fidelicen votantes alrededor del efectivismo y la solución final. Interpreta traumas colectivos con narrativas de humillación que justifican los excesos y presentan los límites democráticos como mamparas de delincuentes. La polarización de las sociedades, con sus escaladas de rencor, potencia tendencias vengativas que han sido vinculadas en sicología a personas afectas al autoritarismo y la dominación social.
Como oferta política está en alza por la weaponization de la política generada por las redes sociales, por su conversión en producto del espectáculo, por las secuelas de insolidaridad y desconfianza que dejó la pandemia. También por la dificultad reciente de las democracias para resolver problemas angustiosos de inequidad, inmigración, inflación, en medio de la mayor prosperidad, capacidad tecnológica y exhibicionismo de riqueza de la historia, que hace que la gente pierda paciencia y fe en procesos de mejoramiento graduales y justos.
El alimento fundamental es la radicalización de los populismos, que han necesitado aumentar su oferta de “valor” ante la arremetida de los sectores institucionalistas que los acusan de ser peligrosos. Los populistas encontraron que sus detractores no les reconocen ningún esfuerzo de moderación y responsabilidad, mientras que su mayor atractivo está precisamente en la peligrosidad de la que los acusan las élites tradicionales. Los seguidores asocian esa peligrosidad del populista con su capacidad para cumplir promesas extremas gracias a la falta de límites morales para romper las reglas y someter a los enemigos: “destripar” a la izquierda, por ejemplo.
La venganza tiene, además, dos grandes ventajas electorales para los populistas: basta con anunciarla para que produzca beneficios políticos fidelizando y energizando a electorados frustrados, y solo es creíble en quien los electores consideran resentido y despiadado. Lo peor es que la aparente efectividad del vengador esconde el hecho de que genera nuevos conflictos y perpetúa ciclos autodestructivos.