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Lo que no quiere ver el Establecimiento

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CUANDO POR FIN TENÍA VENCIDO políticamente al enemigo —las Farc—, el Establecimiento colombiano se dividió y perdió solidez para negociar.

Se dividió entre el santismo —que representa la tradición liberal institucionalista de centro—, que considera que no se podían desaprovechar las condiciones internacionales, militares y económicas únicas para terminar el conflicto armado, y el uribismo —que representa un proyecto político caudillista populista de derecha—, que cree que se debía insistir en la vía militar indefinidamente, porque es la única capaz de evitar la “venezolanización”.

Paradójicamente, lo que podría terminar llevando hacia una “venezolanización” no es el intento de quitarle a la extrema izquierda las armas y obligarla a utilizar las difíciles reglas de la democracia, sino al contrario, la división del Establecimiento con el supuesto propósito de evitar el “castrochavismo”. Por razones obvias que el Establecimiento no quiere ver.

Primero, porque quienes se oponen al proceso de paz por temor a que se hagan demasiadas concesiones a las Farc, pueden estar actuando como sus idiotas útiles, pues el sueño revolucionario del comunismo es dividir al enemigo, para explotar lo que denominan las contradicciones internas de la oligarquía y así obtener mejores condiciones. Una de las razones que más animan a las Farc a negociar en este momento, y que los impulsan a prolongar la negociación, es haber conseguido dividir a las élites, porque esto representa una oportunidad política inédita en los cincuenta años del conflicto armado: que se abra un espacio político para una tercería. Mientras subsistiera el control férreo que tenía el sistema tecnocrático/clientelista sobre la política, no había espacio para el surgimiento de fuerzas políticas ni movimientos sociales nuevos. Para alegría de las Farc, la división del Establecimiento está teniendo profundos efectos político electorales: dividió el mapa electoral en dos —el centro vs. la periferia—, dividió las fuentes de financiación política, dividió a los medios de comunicación, puso a una parte del empresariado en contra del Gobierno.

Segundo, porque el uribismo sigue introduciendo el populismo, que ha sido el vehículo de la izquierda latinoamericana y que la tradición institucionalista evitó durante cincuenta años, luego del susto que le produjo al Establecimiento Jorge Eliécer Gaitán. El populismo está golpeando las debilitadas instituciones del país e introduciendo la rabia y el odio como formas de acción política, circunstancias que las Farc entienden como la pavimentación de las vías por las que pretenden hacer política. Y fortaleciendo la capacidad de exigencia del clientelismo frente al Gobierno, por cuenta de su importancia electoral para enfrentar el populismo.

Es comprensible que la división sea instigada por porciones de la élite regional, especialmente aquellas preocupadas por perder tierras adquiridas ilegalmente. Pero resulta incomprensible que la élite urbana, a la que más conviene modernizar a Colombia eliminando el obstáculo de la guerra, no entienda que en la paz está la gran oportunidad de relegitimar el sistema político que la sirve, y en cambio se deje asustar y manipular por los sectores más retardatarios e intolerantes de la sociedad.

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