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“PREFIERO SER UN MUY BUEN PRESIdente de un período, que uno mediocre de dos”.
Esta frase llena de sentido, dicha por Barack Obama la semana pasada, entraña dos verdades profundas que contradicen la tesis de que las reelecciones de los presidentes son producto de sus buenos resultados.
La primera es que el presidente que pide alargue es el que no ha conseguido los objetivos prometidos. Porque la necesidad de permanecer en el poder es más resultado de falta de cumplimiento que de efectividad. Si desde el principio un candidato planteara que requiere no uno, ni dos, sino tres o cuatro períodos para cumplir sus promesas de gobierno, muy posiblemente sería rechazado por los votantes por ineficiente. Porque por más prioritaria que sea la propuesta de campaña, ninguna sociedad puede arriesgarse a gastar toda una generación en atacar un solo problema, sin garantía de éxito, desatendiendo otros frentes urgentes. Y porque la historia ha demostrado que la mayor permanencia de un gobernante en el poder, antes que mejorar su efectividad, la reduce como consecuencia de los excesos propios del poder ilimitado.
La segunda verdad es que la popularidad que permite que un presidente sea reelegido no necesariamente es sinónimo de efectividad, porque una cosa es la percepción manipulable de la opinión pública, y otra los verdaderos resultados vistos con perspectiva histórica. Barack Obama puede no ganar la reelección en 2012, pero haber salvado a su país del mayor cisma económico en ochenta años, haber conseguido aquello en que fracasaron siete presidentes —darle acceso a la salud a cincuenta millones de estadounidenses—, recuperado el prestigio internacional de su país, entre otras muchas obras. Mientras que George W. Bush logró la reelección fabricando la percepción falsa de que la tranquilidad de Estados Unidos dependía de continuar derrotando al terrorismo internacional en Irak, y gracias a un segundo período dejó a su país sumido en una crisis económica y de legitimidad de enormes proporciones.
La frase de Obama traducida a la realidad colombiana podría leerse como que si un presidente no consiguió cumplir con la promesa de la paz en un período, ni en dos, durante una época bendecida por condiciones económicas, políticas e internacionales ultra favorables, no va a lograrlo en medio de condiciones mucho menos positivas como las que vienen, especialmente si el deterioro de las relaciones con el gobierno Chávez convierte a Venezuela en un burladero de las Farc, y con la caída de la economía se hace imposible mantener el esfuerzo económico de la guerra. También puede interpretarse la frase en el sentido de que si la culebra sigue viva, el que tiene que cambiar es el Presidente para que otro mandatario pueda intentar estrategias más efectivas, seguramente igualmente exigentes en materia militar pero más agresivas en política social, más inteligentes en materia de relaciones con Venezuela, más efectivas en combatir el narcotráfico y mejores en relación con la justicia.
La frase de Barack Obama revela que ante la evidencia de que la promesa electoral de Álvaro Uribe no se ha conseguido cabalmente, es tan válido concluir que es necesario reelegirlo, como que conviene que deje el poder.