Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
EL PRESIDENTE URIBE PARECE IR camino de formar un partido político propio, que agrupe su fuerza parlamentaria hoy dispersa en varios partidos. Aunque siempre fue evidente que el actual conglomerado uribista era más monista que multipartidista, el tránsito a un modelo de partido único es un cambio de fondo.
Primero, porque implicaría cortar definitivamente con el pasado liberal, tanto del Presidente como de la mayoría de parlamentarios de la coalición, porque el nuevo partido no solamente tendría una clara inclinación de derecha, sino vocación de permanencia, y no haría sentido que Uribe emprendiera una tarea de esta magnitud para luego disolverla dentro del Partido Liberal, o que lo hiciera para absorber al liberalismo. Le sería más fácil absorber al Partido Conservador, que se ha convertido en un “vagón de cola del tren uribista”. Lo que no resulta descabellado, porque ante la realidad de que toda la U, gran parte de Cambio Radical y todos los parlamentarios de los partidos pequeños, se mudaran al partido uribista, no serían pocos los congresistas conservadores que preferirían pertenecer a una mayoría de derecha, a esperar a que el nuevo partido los redujera a la condición de minoría a que los tuvo sometido el liberalismo por décadas. Porque es evidente que a nivel electoral le quedaría muy difícil al conservatismo mantener su tamaño compitiendo contra el portaaviones uribista.
Segundo, porque no implicaría un cambio del modelo caudillista actual a otro de corte parlamentarista, sino a uno mixto, de inspiración peronista (Perón fundió los tres partidos que lo llevaron al poder, en el partido Peronista o Justicialista), en que la imagen del líder se confunde eternamente con la del partido político.
Tercero, porque demostraría un interés súbito en tomar control directo sobre las huestes parlamentarias, que ha sido innecesario para Uribe durante los últimos años, pues su coalición le ha seguido incondicionalmente. Interés que indicaría que el nuevo partido no estaría pensado para controlar al uribismo en una tercera presidencia, sino para dominar la campaña presidencial en caso de que no hubiera segunda reelección. Porque no serían comprensibles las razones de Uribe para constituir un partido hegemónico, a lo Rafael Núñez, si no fuera para poder imponer un sucesor y controlarlo desde el Legislativo, pero conservando las formas democráticas, porque nadie acusaría de autócrata a quien hubiese renunciado a una reelección “asegurada”.
La pregunta de fondo es si un nuevo partido mayoritario no terminaría de refugiar con el prestigio de Álvaro Uribe a sectores profundamente corrompidos de la clase política, impidiendo que la sociedad colombiana reforme democráticamente un sistema político azolado por la criminalidad. Si un cambio en principio legítimo como ese, no terminaría matrimoniando los graves vicios de la clase política colombiana, con los del caudillismo regional.
Las críticas que se han hecho a la reforma política en trámite, aunque centradas en el cerramiento de la democracia, se han empecinado en el umbral, cuando la verdadera amenaza para el pluralismo político es la autorización constitucional del transfuguismo por una sola vez, sobre la cual se construiría el prepotente partido uribista.