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Leí en Twitter que los partidos políticos reparten avales de la misma manera que Uldarico entrega cupos de taxis.
La tuitera (@DianaMunozC) se refiere a Uldarico Peña, empresario con licencia estatal para entregar cupos de taxis en Bogotá y que se ha convertido en símbolo de la guerra perdida de los esquemas agotados contra modelos disrruptores. A la empresa de Uldarico no le interesaba la calidad del servicio que prestan los taxistas. Solamente le interesa el resultado: el pago de un estipendio económico. Algo parecido hacen los partidos políticos con la entrega de avales electorales, porque en Colombia manejan las licencias electorales, pero no tienen los votos. Estos están en cabeza de los candidatos. Por eso son los partidos los que apoyan a los candidatos conocidos, y no al revés.
Esa personalización exagerada de la política es consecuencia de la falta de diferenciación programática de los partidos después del Frente Nacional, y de la receta anti bipartidista de la Constitución del 91. Las reformas de la última década redujeron la proliferación de mini partidos, pero establecieron el voto preferente, que preservó el poder de las microempresas electorales.
Por confianza en su monopolio, los partidos Uldaricos no se están preparando para el surgimiento de un sistema como el Uber, que en lugar de abusar de la impotencia del ciudadano, segmenta el mercado ofreciendo niveles de calidad más altos y estandarizados. Hasta ahora el sistema político clientelista ha tenido un factor de legitimación artificial en el conflicto armado, pero una vez éste desaparezca, tendrá que competir con propuestas ideológicas agresivas tanto desde la derecha como la izquierda.
En las elecciones anteriores ya se vio la debilidad del sistema de partidos clientelistas, que perdió en el centro del país y sólo pudo ganar en el Pacífico y la Costa Atlántica. El próximo reto serán las elecciones locales, y para entonces las Farc tendrán una organización política coherente, y el Centro Democrático habrá tenido cinco años para organizar estructuras locales.
Si se firma la paz, éstas habrán sido las últimas elecciones bajo el factor “estabilizador” de la guerra, y el ciclo del clientelismo “legítimo”, que se inició con el Frente Nacional, habrá llegado a su fin. Con el agravante de que en este siglo entró con mucha fuerza el neopopulismo de derecha, que va camino de perpetuarse por vía de un partido de estilo peronista. El sistema de partidos de centro podría tener que enfrentar fuerzas populistas desde la derecha y la izquierda en las elecciones de 2019.
En lugar de preferir mantener la guerra por temor al “coco” del comunismo, y de acoger modelos desinstitucionalizadores que le abren la puerta al populismo de clase, los sectores más escépticos deberían presionar por reformas que le permitan al sistema político religitimarse para mantener la estabilidad política. Los partidos tienen en la paz la mejor bandera política para acercarse a la opinión pública, reduciendo su dependencia en el clientelismo. Sería absurdo que quienes capitalizaran políticamente la paz fueran los sectores antipolíticos de los extremos. La religitimación del sistema político empieza por eliminar el voto preferente, para fortalecer programáticamente a los partidos.