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Están a la ofensiva los sectores que siempre se han opuesto a un acuerdo de paz a cambio de participación política de las Farc, que prefieren castigar a detener un conflicto que va en más de 220.000 muertos, 27.000 secuestrados, 25.000 desaparecidos, cinco millones de desplazados y 1.900 masacres, y que aún en la cúspide del éxito militar generó miles de muertes de militares y civiles anualmente.
En los procesos de paz anteriores esos sectores lograron su objetivo, con la ayuda de la torpeza de la guerrilla. ¿Por qué esta vez parece que será diferente, si los opositores al proceso tienen más eco en la opinión pública que las esperanzas de paz? Por muchas razones, empezando por la muerte de Tirofijo, quien nunca tuvo real voluntad de paz, lo que dio paso a una nueva generación de guerrilleros que ahora no solo teme por su vida en la guerra, sino que parece querer hacer política. Timochenko es el primer cabecilla que intenta un discurso político dirigido a los ciudadanos.
Pero especialmente porque el presidente Santos ha conseguido controlar los factores de poder decisivos para terminar la guerra, y que en el pasado se opusieron de manera abierta o agazapada: los partidos políticos, los militares y los Estados Unidos. Los partidos tienen muchas razones para no querer enterrar otro proceso de paz: primero, la paz se convirtió en la bandera con la cual lograron defenderse electoralmente del Centro Democrático, que los amenaza con la fórmula más exitosa en la región Andina, la antipolítica caudillista; segundo, es una oportunidad para religitimarse frente al juicio histórico y ciudadano de que alimentaron la violencia asfixiando la democracia, impidiendo cambios esenciales en el campo y criminalizándose con la parapolítica; porque hoy la paz no conlleva una reforma agraria,sino la restitución de tierras despojadas, el aprovechamiento de baldíos y la convivencia de la agricultura campesina con la de gran escala; porque la reforma política que vendrá con la paz ya es inevitable ante el desgaste de los partidos y la competencia de las redes sociales y el populismo; y porque el proceso de paz se estructuró técnicamente y ha sido llevado con pericia, y su costo está resultando bastante menor al que pronosticaron sus detractores inicialmente.
A diferencia de todos los procesos de paz, los militares, aunque tensos, no se han opuesto. Finalmente comprobaron que el obstáculo para ganar la guerra no era la falta de recursos y de apoyo político. Y los falsos positivos generaron la necesidad de una solución jurídica tan grande, que solo es posible en el marco de un proceso de paz.
Los Estados Unidos abandonaron la “Guerra contra el terror”, y hoy, no solo no se oponen a soluciones políticas, sino que ante los fracasos militares esperan con ansias que el modelo colombiano de no impunidad al terrorismo prospere para intentar aplicarlo en Afganistán, y quizá más adelante en el Medio Oriente. Además, el Plan Colombia solo tendrá verdadero éxito si consigue terminar la guerra.
El otro factor, el de la opinión pública, solo cambiará en el corto plazo con resultados, y en el mediano, con transformaciones culturales más complejas, pero esenciales para la consolidación de la paz.