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Qué no ganó el liberalismo

Alvaro Forero Tascón
21 de noviembre de 2007 – 10:47 a. m.

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Con ayuda mediática, la coalición de gobierno ha presentado el balance de las pasadas elecciones como desfavorable para los partidos de oposición, cuando en realidad lo fue para el oficialismo. Para tapar el sol con las manos, habilidosamente ha comparado los resultados del liberalismo con los de hace cuatro años.

Pero esa comparación no es válida, porque el liberalismo enfrentó las pasadas elecciones con dos tercios menos de los recursos políticos con que contaba en 2004. Con posterioridad a esas elecciones, y aprovechando el extremismo de Horacio Serpa, Álvaro Uribe decapitó el bipartidismo con el fin de sonsacar a los caciques liberales. La comparación de los resultados liberales con las elecciones de 2004, y no con las de 2006, pretende soslayar que los partidos oficialistas no pudieron reemplazar completamente al liberalismo y terminaron derrotados por éste, a pesar de la profunda desventaja en que se encontraba, huérfano del inmenso poder clientelista dispensado por el Ejecutivo a sus aliados.

La realidad es que a pesar del embate feroz del Gobierno contra la oposición, ésta no sólo aguantó, sino que creció, mientras que el oficialismo tuvo grandes, graves y humillantes derrotas. La más grande, la pérdida de las alcaldías de las principales ciudades del país, con la excepción de Barranquilla. La más grave, la pérdida de la alcaldía de Bogotá frente al Polo Democrático. Y la más humillante, la pérdida de la Gobernación del Atlántico por parte de José Name, el mayor símbolo del viejo liberalismo y del actual poderío uribista, a manos de un nuevo liberalismo.

Pero más que el resultado en su conjunto, lo preocupante para el oficialismo son los hechos y tendencias que se consolidaron el pasado 28 de octubre. Éstos no sólo explican la lógica de la hecatombe, sino que parecen hacerla inevitable.

El primero es la pérdida del control político sobre los principales centros urbanos, que representan más de un tercio de la población, y que corrobora las limitaciones del uribismo para captar el voto de opinión. Aunque las dinámicas electorales locales son diferentes de las nacionales, es indudable que se interrelacionan. El 25% de la votación presidencial por el Polo no habría sido posible sin el triunfo previo de ese partido en las elecciones locales en Bogotá.

El segundo es que la sombra de la parapolítica sigue empañando la coalición de Gobierno. El uribismo no utilizó esta oportunidad electoral para evitar que los parapolíticos mantuvieran el poder en sus regiones, mientras enarbolaban las banderas gobiernistas.

El tercero es que el Presidente no logró concretar políticamente el momento favorable que vive en las encuestas, avanzando significativamente frente a la oposición, a pesar de la inmejorable coyuntura económica.

Y cuarto, y más importante, es la dispersión de la coalición de Gobierno. La consolidación de los conflictos políticos locales entre los diferentes partidos de la coalición cimentó la división en materia de candidaturas presidenciales. La derecha está sufriendo la enfermedad endémica de la izquierda -el divisionismo-.

En buena parte, la fragmentación política es producto del esmero político de Uribe por dividir para reinar. Pero a diferencia de la primera reelección, en esta ocasión puede no sólo imposibilitar el triunfo de un ahijado político suyo, sino su propia reelección. Si la tendencia a la fragmentación se mantiene, el oficialismo estaría trágicamente dirigido a la hecatombe. La oposición podría ganar con sello, si sectores como el de Germán Vargas se oponen a la segunda reelección en el Congreso. Y con cara, si no hay candidato de unidad del oficialismo. Ya es tarde para reversar la fragmentación, y el Presidente lo sabe. Sólo queda la vieja técnica de voltear parlamentarios para aprobar la reelección, utilizando prebendas burocráticas y la puerta que deja abierta la reforma política en trámite.

Pero esa puerta es de doble vía y para algunos parlamentarios puede resultar más atractivo regresar al Partido Liberal, aspirando a un triunfo mayor: derrotar a sus enemigos locales, aprovechando el poder que ha labrado silenciosamente el liberalismo -ser el primer partido político, la alternativa de centro a una derecha dividida y una izquierda minoritaria, y el único capaz de captar votos de ambos sectores en una segunda vuelta.

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