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Redención o democracia

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«Mientras haya pueblos sumidos en la pobreza y la desigualdad, aparecerán redentores que sueñen con encabezarlos y liberarlos. Ante ellos sólo cabe oponer la insípida, la fragmentaria, la gradualista, pero necesaria democracia, que ha probado ser mucho más eficaz para enfrentar esos problemas».

Así resume el mejicano Enrique Krauze el eterno dilema latinoamericano, que denomina: entre redención y democracia.

El concepto de redención refleja la búsqueda incesante de la política latinoamericana, porque va más allá del caudillismo con que tradicionalmente se le distingue. El caudillo es sólo la mitad de esa tradición política, la otra es el populismo. Pero aún juntando esos conceptos, falta un aspecto característico de lo que ha sido la política debajo del Río Grande: el desagravio, que recoge el concepto del redentorismo. Jorge Eliécer Gaitán no era para sus seguidores un caudillo autoritario o un promesero populista, y menos un constructor de nuevos mundos porque no gobernó, era un redentor. Un hombre capaz de desagraviar a su pueblo, de compensarlo por siglos de sufrimiento.

Y es que en América Latina ha habido razones suficientes para buscar redentores que reparen a sus pueblos por un pasado de injusticia. La historia latinoamericana que se estudia en los colegios no enseña cómo un pueblo construyó su propio destino, sino cómo se le victimizó, se le despojó de sus tierras, de sus riquezas, de su dignidad. La Colombia del siglo XXI sigue signada por el despojo de tierras a millones de personas y por su victimización a manos de una crueldad que se creía superada en Occidente. Por eso es más fácil para estas sociedades creer en un redentor que en un sistema impersonal como la democracia. Sin ir más allá, el fenómeno uribista tuvo aspectos de búsqueda de redención por parte de los sectores de la sociedad más golpeados por la violencia, que encontraron en la posibilidad de eliminar a la guerrilla, y en su vengador, una ilusión de redención.

Por eso Krauze cae en el dogmatismo cuando sostiene que la redención es apego dogmático a la doctrina marxista y encarnación en un caudillo y culto a la personalidad. Esa definición sirve para figuras extremistas como Fidel Castro o hasta Hugo Chávez, pero no para las de derecha, o las más sutiles que actúan dentro de la democracia. El concepto de redención es aplicable también en las democracias de líderes, como denominaba Weber a las dominadas por líderes carismáticos, por oposición a las tradicionales regidas por políticos parlamentarios, maquinarias partidistas y burocracias estatales. Y también aplica al criterio de líderes “leoninos”, fuertes y confrontacionales.

La importancia del concepto de tensión entre redención y democracia está en que las democracias son cada vez más de líderes, las elecciones más enfocadas en la personalidad y la “gustabilidad” (likeability) del líder, en su capacidad de generar confianza, y eso genera estímulos para despreciar la “insípida” democracia, que es la que en realidad es capaz de generar un progreso sostenido y equilibrado. La diferencia entre el redentor y el demócrata no está en los objetivos sino en los métodos, y éstos no son de forma sino de fondo, porque son la esencia de la política hoy.

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