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ES UN ERROR DESCALIFICAR COMO retórica política la batalla que libran los políticos para ponerle nombre a las cosas. La política será siempre de ideas, pero es una actividad, no una ciencia, y para que una idea prospere en política debe ser simple, caber en un lema, como la seguridad democrática o la mano negra.
La política es el arte de que las ideas prosperen, pero como se ha dicho, las mentes simples hablan de personas, las menos simples hablan de acontecimientos, y las más elaboradas hablan de ideas. Por eso para que una idea cale entre millones de ciudadanos desinteresados en la política, debe ser ilustrada por una narrativa. La sociedad mediática, dominada por las imágenes, ha tendido a la personalización y al marchitamiento de los partidos políticos porque las personas encarnan ideas, haciéndolas simples, mientras que los partidos son ideas abstractas.
En Colombia hay hoy un fértil debate de ideas simples, pero representativas. Introduciendo la idea simple de la mano negra, que es un concepto inmaterial que representa el pacto tácito y siniestro, con fines políticos, entre sectores del establecimiento y del Estado con asesinos, el presidente Santos redefinió de un tajo el campo de juego de la política colombiana, dominado durante casi una década por el concepto contrario de la seguridad democrática, que convertía en “auxiliadores de la guerrilla” a todo el que se apartara de la política de cero tolerancia frente a la extrema izquierda. Con el señalamiento de la mano negra, Santos no sólo frenó súbitamente la tolerancia social frente a los excesos ultra conservadores, sino que declaró políticamente “ilegal” a la extrema derecha, un equivalente político a la declaratoria de ilegalidad de Batasuna en España.
Cuando se desecan las ideas simples, se encuentra la ideología. En política son muy pocas las ideas asexuadas ideológicamente, y cuando lo son, el contexto en que se expresan o la finalidad con que se citan les da el tono ideológico. El señalamiento de la mano negra representa el esfuerzo del presidente por defender su flanco derecho, para poder devolver el país hacia el centro. Cada país tiene su propia escala ideológica de acuerdo con su historia y sus circunstancias, y en Colombia el centro está un poco a la diestra porque es la combinación de centroderecha económica con centro político y social. Después de nueve años de esfuerzos del uribismo por esconder su orientación ideológica con el eufemismo de la “cohesión social”, con una idea simple Santos no sólo lo desnudó, sino que “graduó” al ala extremista de saboteadores, enemigos de las reformas sociales, y brazo político de la mano negra.
En Colombia no hay un cambio de estilo presidencial como sostienen los uribistas vergonzantes y los antiuribistas dogmáticos, sino el eterno desplazamiento pendular que ocurre en la política de casi todos los países, con velocidades y grados diferentes. Al insistir dogmáticamente en sus críticas, el uribismo beligerante obligó a Santos a realinderar el campo de batalla y a reunificarse informalmente con el liberalismo. En política gana quien logra definirse a sí mismo —Santos lo logró por fin con la Ley de Víctimas— y pierde quien se deja definir, en este caso Álvaro Uribe, el amo de las ideas simples.