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Soy Capaz

Alvaro Forero Tascón
14 de septiembre de 2014 – 07:56 p. m.

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No es una campaña más. Soy capaz puede ser el síntoma de que estamos acercándonos a un punto de inflexión, eso que Malcolm Gladwell, autor del libro The Tipping Point: How Little Things Can Make a Big Difference, define como “ese momento mágico en que una idea, tendencia o conducta social cruza un umbral, se vuelca y se esparce como incendio forestal”.

Un punto de inflexión en la actitud de los colombianos frente a la reconciliación, porque representa el apoyo al proceso de paz del sector que se creía más difícil de convencer, el de los empresarios. Apoyo que se suma al de las víctimas, de las mayorías en las urnas, de la comunidad internacional, de la Iglesia, de los principales partidos políticos, de los principales medios de comunicación, de la Fuerzas Armadas, de innumerables organizaciones sociales.

El hecho de que 120 de las empresas más destacadas den ejemplo sosteniendo que son capaces de la reconciliación tiene un efecto político, porque algunos sostenían que el grueso del empresariado acompañaba a la oposición al proceso. Y es significativo que se trata de una iniciativa privada, en que el Gobierno no es parte.

Lo relevante de Soy Capaz es que no se trata de un apoyo formal al proceso de paz, sino que tiene un objetivo transformador: poner la responsabilidad de la paz en cabeza de la sociedad, cambiando la lógica de que ésta depende solamente de las Farc. La campaña busca que los colombianos seamos capaces de reconocer que tenemos un problema que la seguridad no soluciona, de aceptar que somos parte del problema y podemos ser parte de la solución, de ponernos en los zapatos de los miles de colombianos que tenemos que reintegrar, y de entender que tenemos un interés común que supera nuestras diferencias.

Y lo meritorio de la campaña es que parte del diagnóstico correcto, de que la sociedad colombiana se ha hecho adicta a la violencia, pero es capaz de superarla. Porque la campaña rechaza implícitamente esa tesis populista de que la sociedad colombiana es víctima de un puñado de terroristas, cuando en realidad lleva siglos usando la violencia como instrumento de acción política. Durante todo el siglo XIX, durante la Violencia, fueron los dirigentes políticos los que usaron la violencia, antes de que nacieran las guerrillas. Lo que no exonera a las guerrillas de la barbarie y del baño de sangre a que han sometido a Colombia, pero que indica que la violencia tiene raíces tan profundas que está insertada en la cultura política, al punto que en pleno siglo XXI tuvo opción de ganar las elecciones una propuesta de no abandonar la acción política a través de las armas.

La campaña pone a todos los colombianos, aun a los que la desprecian, a preguntarse si son capaces de la reconciliación. Muchos en las redes sociales han dicho, altaneros, que no lo son. Otros guardan un silencio elocuente. Sacar a la luz esa realidad tiene mérito, porque hasta ahora la pregunta había sido si respaldábamos la paz.

En un país en que es escaso el liderazgo público en las esferas empresariales, hay que aplaudir el liderazgo colectivo de la Andi, que muestra cuál es papel que deben jugar los gremios en la sociedad moderna. Porque no hay mejor negocio que la paz, porque los verdaderos buenos negocios son los que benefician a toda la sociedad.

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