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Guardadas las proporciones, los fenómenos políticos que impulsan Donald Trump, el Brexit y el No en el plebiscito por la paz, tienen elementos en común. Elementos de conservadurismo, nacionalismo, autoritarismo y populismo. Repito, guardadas las proporciones.
Los tres se inspiran en una nostalgia retardataria del pasado: la prosperidad de la clase media, el sueño americano y del imperio británico, y en el caso colombiano, la seguridad democrática y el sueño de la derrota militar de las Farc. Sus seguidores le atribuyen sus problemas a los cambios que llegaron con la globalización y la negociación de paz.
El nacionalismo que aprovecharon Trump y el Brexit es en realidad xenofobia, racismo y odio a los inmigrantes por razones económicas y étnicas. Los guerrilleros no son extranjeros, pero los sectores obsesionados por el odio a las Farc no quieren aceptarlos en la sociedad. Solo aceptan encerrarlos en la cárcel, sin derechos políticos. Trump quiere a los mejicanos detrás de un muro, y los opositores al proceso de paz solo aceptan ver a las Farc en detención intramural.
Estudios han mostrado que el rasgo que mejor predice el apoyo a Trump, en lo que se identifican hombres blancos con educación y sí en ella, mujeres, jóvenes y personas mayores, es en la tendencia al autoritarismo. Trump es díscolo ideológicamente, pero coherente en siempre preferir las soluciones de fuerza y antidemocráticas. Una de las principales razones que impulsaron a muchos británicos a votar por el “leave”, fue el rechazo a la democracia supranacional de la Unión Europea, por considerar que usurpa el deber del Estado británico de defender los intereses de sus ciudadanos. El rechazo a combinar la vía militar con la política, de quienes quieren votar por el No en el plebiscito, viene de una lógica autoritaria, que también quiere la paz, pero en unas condiciones que solo se consiguen mediante triunfos militares.
El rasgo que mejor vincula a los tres fenómenos es la forma en que han sido tramitados: sin mesura política ni apego a la verdad de los hechos, sino en medio de la exageración, la acusación temeraria, el insulto personal y el recurso a las debilidades humanas. Están impulsados por discursos populistas de derecha basados en las pasiones: el odio hacia un sector que consideran enemigo —los mejicanos, los musulmanes, los guerrilleros— y el miedo por los cambios que éstos traerán a sus sociedades si no se les impide el ingreso. Donald Trump, Boris Johnson y el expresidente Álvaro Uribe pertenecen a las élites, están a favor de políticas económicas de las que tanto se duelen sus seguidores, pero millones de ciudadanos los consideran cercanos a sus problemas y confían en su firmeza para defenderlos de los enemigos.
A pesar de que los tres fenómenos son muy similares, el plebiscito tiene una gran ventaja sobre las otras dos elecciones: una cosa es la alternativa de Hillary Clinton o la Unión Europea, conocidas y desgastadas, frente a opciones nuevas y esperanzadoras como Trump y el Brexit, y otra la de una guerra atroz de 50 años contra la posibilidad de detenerla. Sin embargo, muchos de los que votaron por el Brexit reconocieron tarde que había sido un error, que se habían dejado enceguecer por las brasas del populismo.